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emailslectores@laflecha.netMe enamoré perdidamente? No. ¡Qué va! Me enamoré exitosa, ganada y triunfalmente de Florentina Baldamero la primera vez que escuché sus tiernos timbre y tono de voz por teléfono; y a fuer de ser cabal, decente (y demente también, lo confieso), sincero y, asimismo, por mor de la imperante e imponente realidad, reconozco que hoy, viernes, veinticinco de enero de 2008, aquí, en la capital de la ribera ibera de Navarra, y ahora estoy un poco más (que sí, que tal cosa puede acaecer, caber y aun ser posible) que ayer prendado y prendido de ella, mi adorable dama uruguaya.
Aquella primera vez que la oí, presté, como suelo hacer con cualquier interlocutor, suma atención a lo que me decía, las razones que aducía. Ante mis iniciales objeciones, prevenciones o refutaciones torticeras, según ella (no le faltaban argumentos para achacarme mis prejuicios y echarme en cara sus reproches), tras la segunda nefasta experiencia amorosa-internetera que servidor acababa de sufrir, que finó, como la primera, de la peor manera, yéndose derechita al garete o a pique, me impresionaron, sobremanera, la defensa que hizo de su dignidad como persona y de los demás derechos que todos los seres humanos tenemos reconocidos por ley. Tras aquel hilo sutil de voz debía esconderse, intuí acertadamente, agazapada, sin ninguna hesitación, una mujer hecha y derecha, de una pieza, de las que acostumbran a vestirse por los pies.
La conocí, gracias a la red de redes, internet, una herramienta estupenda, pero que hay que aprender a utilizar con espíritu crítico (porque, si no, se corre el riesgo de caer en las fauces y las garras de las varias onzas que uno puede llegar a hallar tras ella), por un correo que tuvo a bien mandarme hace algún tiempo. Luego vino la conversación (vía invento de Bell) de la que he dado cuenta en los párrafos que preceden. Tras la misma, accedí a mantener con ella una amistosa relación "emiliar". Fueron suficientes unos cuantos correos para caer rendido y quedar de hinojos a sus pies, preso de los inteligentes razonamientos que trenzaba con la ayuda de los dedos de sus manos, enredado en las redes de su estilo subyugante, y cautivo en la liga de su personalidad atractiva, arrebatadora.
Desde entonces, mi Amor por ella ha ido creciendo en tensión, profundidad y extensión y subiendo en intensidad.
Jamás me arrepentiré de haber sentido aquel arrobo o enamoramiento (que no miento). Aquel encanto (entre la dicha y el espanto), a primer golpe de oído, nunca se marchitará, porque anoche soñé que Ezequiel, mi ángel profético, interrumpía una de mis fantasías oníricas para hacerme este vaticinio, que mi embeleso tiene vocación inmarcesible, o sea, carece de fecha de caducidad.
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