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emailslectores@laflecha.netrecuerda los paseos
con tan buena compañía,
recorriendo aquellas calles
alargadas y estrechitas
que conducen a la fuente
de la plaza de la villa…
Y recuerda que sus aguas
eran limpias, cristalinas
y fresquitas, porque vienen
de las nieves de allá arriba…
Y recuerda a los abuelos
que charlaban y reían
recostados en los bancos
y a la sombra de las tilas…
Los abuelos, a su vez,
sus recuerdos repetían
convertidos en la historia
que forjó sus propias vidas…
Los abuelos regalaban
a sus nietos las sonrisas
como lo hace nuestra abuela
a la vuelta de su esquina,
sentadita y recostada,
y acoplada con su silla.
Y recuerda aquellos juegos
que jugaba siendo niña;
y recuerda los paseos
que se dio con sus amigas;
y llegaban hasta el bosque,
y a la sombra de una encina
descansaban sus cansancios,
sus sudores y fatigas…
Y recuerda que tres días
ella estuvo allí perdida
hasta que un día su perra
la encontró allí dormidita
al runrún de un riachuelo
que pasaba muy cerquita,
y a los trinos del jilguero
que caían de la encina…
Y la abuela, tan contenta,
vuelve a casa y a su silla
y se queda sentadita
en el borde de su esquina…
El alzhéimer le traiciona
pero vuelve la sonrisa
porque el aire de las calles
y la plaza de la villa
refrescaron en su mente
su memoria algo perdida;
y la abuela disfrutaba
tanto o más que siendo niña,
repitiendo sus andadas
pero no desde su silla.
Es verdad que se ha olvidado
de traerse su cajita;
pero tal vez el azar
hoy ha sido un salvavidas
que regala a nuestra anciana
la mejor de las sonrisas:
La mejor, por no esperada;
y además…, por ser hoy niña.
También sin "chuleta", la Abuelita hizo un digno papel con su sonrisa, pero gracias al tintín y al tantán de las campanas de su pueblo, que le hicieron recordar y revivir los mil detalles de su niñez, cuando paseaba con sus amigas por las calles de su pueblo, y luego se sentaban a descansar en los asientos de la plaza…
Jesús Arteaga Romero
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