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emailslectores@laflecha.netoy la abuela hasta se aburre;
se ha olvidado su cajita;
nada viene ya a su mente
que le traiga una sonrisa;
el alzhéimer ya hace huella
en la abuela, ya ancianita,
y le queda una mirada
como ida, casi fija…
No retiene en su memoria
ni siquiera una cosita
que le traiga algún recuerdo
que devuelva su sonrisa…
Y las gentes, extrañadas,
viendo seria a la abuelita,
permanecen preocupados,
muy cerquita de la esquina
donde está siempre la abuela,
bien sentada y en su silla,
recibiendo el aire fresco
que le viene de allá arriba,
y que baja hasta la calle
refrescándole la esquina
e inspirando en sus pulmones
los aromas de la brisa.
Y la anciana hasta se aburre
no teniendo su cajita;
y la abuela se endereza,
se levanta de la silla
y se marcha por la calle
a la plaza de la villa…
No conoce ya ni el pueblo;
hace ya años que no iba
ni a la plaza ni a la Iglesia
para oír la santa Misa…
Pero suenan las campanas
y su mente reaviva
mil recuerdos, ya lejanos,
de cuando ella era una niña…
Y recuerda la doctrina
que del cura recibía;
y recuerda aquel vestido,
todo blanco, que su tía
le compró como regalo,
y lucirlo bien sabía,
recibiendo el tres de mayo
a Jesús Eucaristía…
Y recuerda muchas cosas
que pasaron aquel día:
Aquel beso de su madre,
de su padre y de su tía;
aquel beso de su hermano
y también de su hermanita;
aquel beso que le dieron
las que fueron siempre amigas:
Mary Carmen y la Esther ,
juntamente con María…
Le faltó el beso del cura
por temor al qué dirían;
eran cosas de un pasado
y hasta cinco hoy le daría…
Jesús Arteaga Romero
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