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Mi pequeña granja (I)

29 Jun 2009 | por: Jesús Arteaga Romero
H

oy la abuela, como siempre,

sigue firme allá en su silla,

observando a aquellos niños

que, mirando su cajita,

no comprenden que una anciana

de ella saque mil sonrisas.

La mirada de la abuela

en su caja queda fija;

y le viene otro secreto

de los muchos que tenía,

recordando que su casa

era casi una granjita…

Una granja muy casera,

ordinaria y pequeñita;

pero en ella hay un cerdito,

unos patos y gallinas;

conejitos y faisanes

y unas pocas palomitas;

por supuesto, no faltaba

la mejor de sus amigas:

la perrita que en el bosque

la encontró cuando era niña,

dominada por el sueño

a la sombra de una encina.

Y la abuela se sonríe

recordando a las gallinas

y a un gallito que tenía

con su cresta alicaída…

Era poco como gallo

y eran muchas las gallinas…

Y estas cosas a la abuela

le producen más que risa,

pues tenía dos culecas

que sus nidos sí que hacían;

y ponían hasta huevos,

pero nada de hacer crías…

Era un gallo un poco gay

y no le iban las gallinas;

y la abuela, siendo joven,

no perita en picardías,

sí notaba que algo raro

les pasaba a las pollitas;

y por culpa, como siempre,

de ese gallo que tenía

una cresta colorada

pero siempre alicaída…

Y la abuela, a carcajadas,

recordaba sus malicias.

No eran muchos, mas bien pocos,

los conejos que tenía;

pero cinco o seis al mes

su familia se comía;

es su carne deliciosa

y muy rica en proteínas;

y, además de carne fresca,

era buena, blanda y fina…

Si triunfó con los conejos,

fracasó con las gallinas

y por culpa del idiota

de la cresta alicaída…

Y la abuela sonriendo

con sonrisa sibilina…

Dos parejas de patitos

pisoteaban su granjita;

eran pocos, pero majos;

blancos unos y con pintas,

y los otros "perdigueros"

como toros que se lidian.


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