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emailslectores@laflecha.netoy la abuela, como siempre,
sigue firme allá en su silla,
observando a aquellos niños
que, mirando su cajita,
no comprenden que una anciana
de ella saque mil sonrisas.
La mirada de la abuela
en su caja queda fija;
y le viene otro secreto
de los muchos que tenía,
recordando que su casa
era casi una granjita…
Una granja muy casera,
ordinaria y pequeñita;
pero en ella hay un cerdito,
unos patos y gallinas;
conejitos y faisanes
y unas pocas palomitas;
por supuesto, no faltaba
la mejor de sus amigas:
la perrita que en el bosque
la encontró cuando era niña,
dominada por el sueño
a la sombra de una encina.
Y la abuela se sonríe
recordando a las gallinas
y a un gallito que tenía
con su cresta alicaída…
Era poco como gallo
y eran muchas las gallinas…
Y estas cosas a la abuela
le producen más que risa,
pues tenía dos culecas
que sus nidos sí que hacían;
y ponían hasta huevos,
pero nada de hacer crías…
Era un gallo un poco gay
y no le iban las gallinas;
y la abuela, siendo joven,
no perita en picardías,
sí notaba que algo raro
les pasaba a las pollitas;
y por culpa, como siempre,
de ese gallo que tenía
una cresta colorada
pero siempre alicaída…
Y la abuela, a carcajadas,
recordaba sus malicias.
No eran muchos, mas bien pocos,
los conejos que tenía;
pero cinco o seis al mes
su familia se comía;
es su carne deliciosa
y muy rica en proteínas;
y, además de carne fresca,
era buena, blanda y fina…
Si triunfó con los conejos,
fracasó con las gallinas
y por culpa del idiota
de la cresta alicaída…
Y la abuela sonriendo
con sonrisa sibilina…
Dos parejas de patitos
pisoteaban su granjita;
eran pocos, pero majos;
blancos unos y con pintas,
y los otros "perdigueros"
como toros que se lidian.
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