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Mentira masiva en añada pasiva

21 Abr 2008 | por: Ángel Sáez García
E

nfrente de los ascensores, en la sala de espera sita en el fondo, en el segundo piso del Centro de Salud "Santa Ana", en la capital de la ribera ibera de Navarra, un anciano que estaba a punto, quiero decir, en trance de (pues le faltaban apenas quince días para) subir y estrenar el primer escalón de la década nona, ha acudido a la consulta de su médico de cabecera o familia (como se les llama a los tales ahora) para que éste le diera y comentara los resultados de los últimos análisis de sangre y orina y del electrocardiograma que le habían hecho en varios habitáculos de la primera planta del susodicho edificio la semana pasada.

-José Blanco (se ha encargado de hacer el llamamiento -que no miento-, de pronunciar el nombre y primer apellido del casi nonagenario, la persona que acompañaba a la señora recién visitada, recetada y prescrita, que en esos precisos momentos, asidas del brazo, dejaban atrás la puerta del consultorio).

-Siéntese, por favor. ¿Cómo se encuentra, don José? (le ha preguntado el galeno a su provecto paciente, tras ofrecerle asiento, nada más ingresar el último en la mencionada consulta).

-Inmejorablemente; como un Pepe, roble o tenorio, doctor. Estoy como un chaval. Tanto es así que ni siquiera me extraña un ápice haber dejado en estado de buena esperanza a mi actual y dilecta pareja sentimental, una habanera de bandera y, como acabo de decirle, encinta, que aún está transitando por los dominios o pagos de la primera mitad o tramo de la treintena.

-¿Cómo?

-Lo que oye, don Francisco.

-Si no se lo toma usted a mal, me gustaría contarle, a propósito de lo dicho, una conseja, fábula o patraña con sabor añejo.

-Pues, arránquese. No dilapide más tiempo y nárrela cuanto antes.

-En cierta ocasión, un varón (y acaso también barón), al que le entusiasmaba la caza mayor, el primer día que se levantó la veda, salió tan a escape de su casa que, en lugar de tomar la escopeta, lo que cogió fue el bastón, que estaba a su vera. Ya en el coto, apareció, de repente, un jabalí; así que, raudo, asió su cayado o cachava, se perfiló, apuntó, disparó (bueno, hizo la mención de disparar) y...

-¿Qué ocurrió entonces, don Francisco?

-Que, milagrosamente, el jabalí cayó herido de muerte a dos palmos de las punteras de las botas que calzaba el varón/barón, porque…

-… está claro, cristalino; otro cazador sacó su arma de verdad e hizo diana.

-A ese hito o encrucijada quería llegar servidor, don José.

-Pues no entiendo qué parte de la moraleja de la parábola me toca a mí o tiene que ver conmigo, de veras.

-Entonces, déjelo estar; porque me temo que será peor el remedio que la enfermedad; y bochornoso (y aun en grado elativo, superlativo) para mí tener que explicarle a usted la mentira más el IVA, esto es, el invento verosímil para ancianos, en añada pasiva.

-¿Engañado por quién?

-En a-ña-da pa-si-va, don Jo-sé, en a-ña-da pa-si-va (concluyó, deletreando, el doctor).

El anciano puso cara de haberse quedado in albis, a dos velas. En resumidas cuentas, que con él no iba el caso o la cosa, oiga (o, mejor, lea).

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