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emailslectores@laflecha.netace un cuarto de siglo, un cáncer de cuello de útero vino a abatir o truncar el más descollante e impetuoso de mis sueños, tener familia numerosa. Esa ilusión fue la que motivó que le insistiera tanto a Nicolás, mi marido, en que compráramos la larga mesa de madera de roble del salón-comedor, que yo anhelaba ver algún día llena de vajilla, servilletas, platos y cubiertos y, tras ellos, a nuestro equipo de fútbol o recua de retoños. Una vez más, el devenir de los hechos vino a desmentir (y desmontar) el corto trecho que, según una legión de ingenuos, apenas existe entre la realidad y el deseo, o sea, a demostrar la vigencia de esa frase proverbial que dice que "el hombre propone y Dios dispone". Así que, a la edad de Cristo, empecé a meterme entre ceja y ceja, a modo de cuña, la idea de que, o adoptábamos, o aquella colosal mesa no se llenaría jamás.
Por entonces, tenía yo en Nuria a mi colaboradora más habitual, leal y servicial, mi mano derecha; que me echaba las dos para llevar, con más o menos voluntad, tino y decencia, las riendas de aquella casa ciclópea, donde vivíamos. Nuria, aunque de escaso recorrido escolar, pues tuvo que ponerse a trabajar a edad muy temprana, era lista como el aire, con una innata sagacidad o capacidad para decantarse siempre, con un excelente sentido común, por la opción mejor.
Además de haber desarrollado un insólito e inaudito don de gentes, impropio de su breve educación, su sentido del humor, unido a su risa contagiosa, y su sentido del honor y de la bondad no le iban, en verdad, a la zaga de aquél.
Nuria, que, a la sazón, tenía cuatro vástagos, estaba casada con quien se ganaba el pan hurgando entre los desperdicios. Félix, su esposo, con la ayuda de un carro, que era tirado por un par de mulas tordas, al atardecer, seleccionaba el cartón, el papel, el plástico y el vidrio de la basura que la gente sacaba a la calle y dejaba a la vera de las puertas de sus casas para que la recogiera y retirara el camión municipal. Los tres hijos mayores, varones, ayudaban al padre a acopiar dichos materiales. La menor, Luciana, una niña que había nacido con el síndrome de Down, era la pasión y el ojito derecho de su madre.
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