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Epístola a Florentina Baldamero

02 May 2008 | por: Ángel Sáez García
H

ace la tira de años, arrobado, calado y colado, encantado, profunda e intelectualmente enamorado de quien recibiera merecidamente el premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 1981, urdí el siguiente parágrafo:

"María Zambrano, eres el claro del bosque y el brillante reverbero en la laguna que no olvidará nunca este fauno, que a ratos parece el menda lerenda, quien firma abajo, porque besaré, gozaré, rozaré, versaré y versearé tus rojos labios hasta descifrar el misterio impenetrable que guardan, bajo la secreta combinación de su caja fuerte, tus sabios ojos, donde flotan dos coronas de melaza (según pensó, pero no osó decirte, cuando estuviste en La Habana, ese más pedazo de pan que oso que fue, sin ninguna hesitación, el autor de "Paradiso", tu amigo del alma José Lezama Lima) en las blancas aguas de sus mares muertos".

Amor mío (vale tanto como hilar, predicar o trenzar lector/a mío/a), hasta que te conocí (deséchese, por el momento -pero sigamos deseando ambos que llegue pronto el mes de julio-, el significado que toma tal verbo en la jerga de las Sagradas Escrituras), siempre me petó leer a María Zambrano en la cama. Hace unos meses, pocos, si alguien me hubiera pedido que me decantara por ti o por ella, seguramente, habría tirado por la vía del medio, esto es, juntado o plegado (latinizado, en resumen o suma) los brazos de la "y", acostándome con ambas. Hoy, sin embargo, tras soñar la pasada madrugada de nuevo contigo, estoy en condiciones de reconocer y hasta debo confiarte, con cariño, claridad y gratitud a raudales y consideración, predicamento y sinceridad a espuertas, que apenas la echo de menos o en falta.

Ergo, dilecta Florentina (a continuación, una vez llegados a este punto, espacio o aparte, que va entre paréntesis, que cada quien coloque entre las preceptivas comas, cual vocativo, si ése es su deseo, el nombre concreto de su amado/a), después de habernos recorrido, onírica y sicalípticamente, sí, por supuesto, no sé cuántas veces, en mutua correspondencia, a base de besos a tutiplén, caricias a porrillo y mimos a seras, la anatomía toda; tras habernos devorado recíprocamente, a base de morbosos mordisquitos placenteros sin cuento, amén de lo que va tapado, el cuello y la cara; después de habernos estudiado a conciencia y repasado con ganas y aprendido de cabo a rabo y memorizado al dedillo; tras habernos dado cuerda o fuelle para seguir sintiéndonos vivaces y lozanos; con el debido respeto, te confieso que María, mi hasta hace escasos meses cabal autora preferida, de cabecera o mesilla de noche, Zambrano, premio Cervantes en 1988, hoy se me antoja un ínfimo y pálido reflejo de tus potencialidades, un pésimo sucedáneo o sustituto de tus entelequias (según nomenclatura, significación y tradición aristotélicas).

La verdad (con sus certezas, que parecen cerezas, y matices, que semejan los granos de maíz de una panoja) suele dejarnos camelleando por los desiertos de la realidad, espejos (y espejismos) de la perplejidad, sin ahorrarnos los ahogos seguros de los sucesivos ahoras o presentes en sendos mares de dudas o dunas.

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