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emailslectores@laflecha.netmpertérrito, servidor observa parte (pues la palabra "todo", amén de estar fuera de moda, desfasada, de ser omnímoda, resulta una dicción mayor, incontrolable, inasible, imposible) de la realidad que acontece en esa urbe que es el orbe o, si así lo prefiere usted, desocupado lector, en la "aldea global" que ha devenido el globo terráqueo, gracias a la extensión de las nuevas tecnologías por el primer y segundo mundo. No faltarán los plumillas de tres al cuarto (pésimos guasones, por cierto) que muden mi gracia bautismal o nombre de pila, Abel, por el de mi hermano, Caín, cuando el absurdo de mi tarea o labor, ser mero notario de la actualidad, no es imputable a mí; pues del fregado en el que estoy metido sólo tienen la culpa mis superiores, que me han obligado a encabezar el reparto o protagonizar un relato cuyo guión muy bien lo hubiera podido pergeñar y rubricar el mismísimo Franz Kafka y, además, éste no es moco de pavo, sino de los de aúpa u órdago a la grande, morrocotudo, colosal, ciclópeo, o sea.
El menda lerenda, para unos, observador, para otros, observado, mira, escucha y toma notas. Ergo, habrá quien se pregunte qué ha hecho tan rematadamente mal o insuperablemente bien (vaya usted a saber) el sujeto en cuestión, quien firma la presente urdidura o "urdiblanda" abajo, para merecer tanta tirria por parte de sus jefes y tanto desprecio por parte de los demás (porque bastante tengo con el telar, la cruz que port(e)o, el marrón o "embolado" que me han asignado).
Ojalá yo, Abel Sánchez, pueda y logre hallar refugio y sosiego en el mismo porche (que no parche) en el que suelen encontrarlos el resto de mis heterónimos y seudónimos, un poemilla de nueve versos pentasílabos que urdió la doctora de la Iglesia, escritora mística y reformadora de la Orden del Carmelo, Santa Teresa de Jesús (1515-1582).
Cuando el nerviosismo me corre y corroe el cuerpo, cuando soy el centro de atención sin comerlo ni beberlo (sin ansiarlo ni buscarlo ni merecerlo), cuando el aliento de los otros me azuza; cuando cualquier hecho, actitud o palabra me avergüenza, agita (inquieta) o abochorna, acostumbro a rememorar y seguir la recomendación que doña Teresa de Cepeda y Ahumada dio a su hermano Hernando, que, a la sazón, vivía en Pasto (Colombia), según epístola firmada por la Santa en Ávila y fechada el 25 de septiembre de 1564: "Tenga vuestra merced cuidado de no entregarse a la melancolía, a la tristeza... Rece vuestra merced una oración que he compuesto para casos semejantes, especialmente para coronar el Santo Rosario:
Nada te turbe;
Nada te espante;
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia (con diéresis)
Todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
Nada le falta.
Sólo Dios basta".
