La Oferta Pública Inicial (IPO) de Google es un tema recurrente del que siempre se cita la coletilla de la IPO más esperada desde la crisis de las compañías .com al final de los años 90. Sólo que ahora es 2004, y Sergey Brin y Larry Page, sus fundadores, lo saben bien.
ntre las cosas que han cambiado desde entonces figuran la desaparecida burbuja tecnológica y el mejor tono económico actual. La IPO puede hacer que el valor del mercado de Google supere los 20,000 millones de dólares, una cifra nada despreciable comparada con los 1,000 millones de dólares de ingresos y 300 millones en beneficios reportados sobre la empresa.
Google reúne las mismas características que se citaban como un nuevo gospel a final de los 90. Muchos empleados son ingenieros de software, arquitectos de sistemas, informáticos y diseñadores de programas bien preparados que trabajan en un ambiente donde se estimula la innovación. Otros son los vendedores acostumbrados al cambiante mundo de los negocios, especialmente el de la industria tecnológica nacida en el Silicon Valley y que ha alcanzado una presencia global (Google tiene más de cien mil computadoras en centros de datos alrededor del mundo).
Google se tutea en el mercado con empresas como Microsoft o Yahoo!, y esto es parte del trabajo también para los socios capitalistas de riesgo y muchos empleados con intereses directos en la firma. Una IPO parece una oferta segura que además convertiría a muchos empleados en multimillonarios y a los inversionistas les haría pensar en lo acertado de aquel puñado de millones que invirtieron en Google hace unos pocos años.
Lo que no está claro es que Page y Brin quieran deshacerse del control de la compañía.
Algunos análisis exponen una vía intermedia, quizás más acorde con los tiempos. The New York Times publicaba una posibilidad de una IPO parcial que suavizase el control a cambio de un menor valor de mercado. Brin y Page deben estar dedicándole su tiempo.
Lo llevan haciendo desde que fundaron Google, siendo todavía estudiantes de la Universidad de Stanford. Un decano facultativo a final de la pasada década definió la institución como un continuo laboratorio universitario donde no había inconveniente en mezclar títulos de negocios con otros de alta tecnología o biología, por ejemplo.
Parafraseando a Shakespeare, IPO o no IPO, he ahí el dilema que sólo Brin y Page deben estar decidiendo; al fin y al cabo, ya saben lo que es resolver problemas a base de ecuaciones y algoritmos.
No debe ser fácil decidir junto a la cúpula de una firma que, cuando uno piensa en lo que es, quizás empiece a comprender: un simple motor de búsqueda en la web, pero muy bien hecho.
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