Desde un rincón más bien cutre de Los Ángeles, la compañía Norton Sales ha encontrado un rentable nicho a la hora de reciclar chatarra. Pero con una peculiaridad.
u negocio se basa en revender toda clase de piezas sobrantes del programa espacial de Estados Unidos. Un inventario increíble de válvulas, tubos, motores, tanques y cachivaches que fácilmente podrían encontrar acomodo entre las exhibiciones de cualquier museo de ciencia y tecnología.
Sus existencias se encuentran albergadas en una nave industrial y un descampado situados en North Hollywood, aunque por supuesto también sirven pedidos por internet (www.nortonsalesinc.com).
Su variada clientela está compuesta por toda clase de personajes, desde coleccionistas privados de artilugios espaciales hasta mecánicos de coches musculosos, pasando por decoradores de la meca del cine o improvisados constructores de cohetes que operan alentados por el final del monopolio gubernamental en materia espacial.
Sin necesidad de rebuscar mucho, entre las existencias de Norton Sales se pueden encontrar «joyas» como una copia gemela del motor del módulo de mando utilizado hace ya cuarenta años para devolver hasta casa a Buzz Aldrin y Neil Armstrong después de haber pisado por primera vez la superficie de la Luna. O piezas de un gigantesco Saturno V, el cohete más poderoso utilizado por la NASA en sus gestas tripuladas. O una pila de esferas de titanio, empleadas en su momento para almacenar el oxígeno líquido utilizado como combustible espacial.
En este cementerio de repuesto espaciales, según la descripción utilizada recientemente por el diario «Los Angeles Times», hay precios para todos los bolsillos. Las piezas más cotizadas pueden superar el millón de euros. Pero para los coheteros embarcados en la construcción de prototipos a bajo costo, esta tienda de chatarra estelar no tiene precio ya que permite encontrar toda clase de piezas usadas a una fracción de su precio original.
La idea de Norton Sales se remonta a los años sesenta cuando un avispado empresario de la hostelería, llamado Norton Holstrom, empezó a comprar los excedentes y desechos de la incipiente industria aeroespacial de California. Su sentido de la oportunidad fue especialmente providencial porque el gobierno de Estados Unidos, espoleado por el lanzamiento del satélite soviético Sputnik 1 en octubre 1957, se embarcaba en esos momentos en una titánica carrera por la conquista del espacio.
Varias de las empresas contratistas de la NASA operaban en torno a la ciudad de Los Ángeles, con un volumen de actividad acorde al enorme esfuerzo financiero del gobierno federal, que por entonces dedicaba a la NASA un presupuesto diez veces superior al actual. Con dos camiones y una serie de almacenes, Norton Holstrom empezó a acumular su cotizada chatarra comprada a empresas como Douglas Aircraft, Aerojet o Rocketdyne.
Con todo, ese casi febril volumen de actividad empezó a decrecer con la gran merma experimentada por la industria aeroespacial del sur de California a partir de los años ochenta. De hecho, esta especial chatarrería se encuentra actualmente regentada por un inmigrante guatemalteco, Carlos Guzmán. Lo que explica por qué Norton Sales presume ahora de hablar español, aunque sea sin la «ñ».
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Espero que verifiquen que esa chatarra no se encuentre afectada por factores contaminantes o radiación.
El peligo es harto serio.