El año pasado conmemorábamos, con el año internacional de la astronomía, los 400 años desde que Galileo Galilei mirara por primera vez a través de un telescopio. Desde aquel lejano 1609 han ocurrido muchas cosas y los telescopios se han convertido en una de las mayores fuentes de asombros y descubrimientos con las que cuenta la ciencia en la actualidad.
Europa | imagen NASA
Y en la búsqueda de nuevos exoplanetas similares a la Tierra, el agua es un elemento fundamental. Es cierto que pueden existir diferentes formas de vida basadas en otros elementos, no obstante, parece que el encontrar un planeta con las mismas características que el nuestro se ha convertido en una especie de santo grial para los astrónomos de todo el mundo.
En ese proceso los nuevos telescopios podrían aportar una ventaja añadida: Detectar océanos en su superficie gracias a su reflejo. Un método que sugirió en su tiempo el propio Carl Sagan y que ya ha sido utilizado por los astrofísicos para descubrir mares de metano en Titán, la luna mayor de Saturno.
El brillo del que estoy hablando es casi exactamente el mismo del de las puestas de sol sobre el mar. Con el sol bajo en el horizonte, los rayos del sol se reflejan en la superficie del océano que actúa como un espejo.
Son palabras de Tyler Robinson, de la Universidad de Washington explicando que este método se basa en la capacidad de los océanos de reflejar la luz como un espejo. Fijando la exposición en ese reflejo cuando la luz de su estrella llega a los posibles exo-mares, el Telescopio James Webb podría distinguir exoplanetas con océanos, un paso decisivo a la hora de encontrar esa segunda Tierra.
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