Conozco dos tipos de fanáticos, igualmente peligrosos. Por un lado están los descerebrados que no piensan en absoluto y que siguen ciegamente una idea, credo o postura política, sin matices y sin ningún tipo de crítica. Podría decirse que son fanáticos imbéciles, porque su cerebro todavía está en garantía y podría devolverse a fábrica completamente nuevo. Luego están los fanáticos por conveniencia, aquellos que, incluso siendo inteligentes y conociendo que están en un error, siguen defendiendo una postura en la que no creen solo porque con ello pueden sacar provecho de algún tipo.
reo que `Umar tuvo el talento de formar parte de los dos tipos de fanático, al menos en ciertas ocasiones, como tanta gente en su tiempo y, por desgracia, en el nuestro. Si lo menciono es porque cierto comportamiento estúpido de unos jovenzuelos que he presenciado esta mañana me hizo recordar el triste final de los restos de la Biblioteca de Alejandría. Hay historiadores que ponen en duda todo o parte del relato, pero no hay unanimidad a la hora de tratar el caso, lo que no impide que haya quedado como ejemplo palmario de comportamiento fanático.
`Umar ibn al-Jattāb, que puede dejarse sencillamente en `Umar fue el segundo de los primeros califas que sucedieron a Mahoma, además de ser suegro del mencionado fundador del Islam. Mantuvo conflictos armados con prácticamente todos sus vecinos y, en la mayor parte de los casos, resultó victorioso. Por lo general no solía interferir con las creencias de los pueblos conquistados, sobre todo si éstos pagaban generosamente rescates y dávidas, pero esto no impide que su fantismo estuviera a flor de piel, cosa que por otra parte le mantenía al frente de sus súbditos, que hubieran flaqueado en caso de ver algún gesto contradictorio de su califa.
Conquistada Alejandría en el año 642 bajo su nombre por `Amr ibn al-`As, quedó sellado el destino de la antigua joya del Mediterráneo. Cierto es que llevaba siglos cayendo en el letargo y no era ya la estrella brillante que había sido en otro tiempo, pero todavía conservaba mucho de su esplendor. Bien, el caso es que mientras los musulmanes se dedicaban a inventariar todo lo que pudieran encontrar en la ciudad, entró en acción un bocazas. Puede que los restos de la antigua Biblioteca de Alejandría, que habían sobrevivido a varios incencios y saqueos anteriores, hubieran terminado igual a como lo hicieron, pero posiblemente la agonía se hubiera alargado más si Juan Filópono, teólogo, filósofo, astrónomo y un montón de cosas más, no hubiera abierto la boca. El ilustrado ciudadano de Alejandría le fue a `Amr ibn al-`As con un ruego, a saber, que se mantuvieran los libros en la ciudad, a lo que el comandante musulmán respondió con curiosidad propia de alguien sagaz y, además, cultivado.
`Amr ibn al-`As no era un loco sediento de sangre, ni mucho menos, aunque algo de fanático también tenía, cómo no. Y, a su manera, Filópono también, porque más que pensar en salvar la biblioteca, lo que le preocupaba era resguardar una parte de ella, la que le convenía. El resultado del encuentro fue muy curioso, pues tanto el sabio alejandrino como el militar musulmán pasaron muchos días hablando animadamente sobre filosofía y teología. Ante el tesoro formado por miles de papiros, pálido eco de un pasado glorioso, `Amr ibn al-`As decidió consultar al califa sobre qué hacer con los libros. La respuesta tardó en llegar poco más de un mes, a falta de correo electrónico y otros medios de comunicación más rápidos, el uso de mensajeros a caballo y navíos era lo único disponible. En ese tiempo tanto el militar como el teólogo siguieron discutiendo animadamente, hasta que llegó la respuesta de `Umar, que no hizo gracia a ninguno de ellos:
Por lo que se refiere a los libros a los que has hecho referencia, he aquí la respuesta: si su contenido está de acuerdo con el libro de Alá, podemos despreciarlos, puesto que, en tal caso, el libro de Alá es más que suficiente. Si, en cambio, contienen cualquier cosa deforme con respecto al libro de Alá, no hay ninguna necesidad de conservarlos. Procede y destrúyelos.
Y, así, incluso a pesar de no estar de acuerdo con la orden, `Amr ibn al-`As mandó la quema de los libros, decidiendo salvar únicamente los de Aristóteles, seguramente como regalo para Filópono. Se cuenta que los papiros fueron distribuidos por todos los baños de Alejandría, que se decía eran unos cuatro mil, para servir de combustible para calentar el agua. La quema duró seis meses en total, lo que puede dar una idea de la cantidad de papiros que todavía sobrevivían de la antigua gran Biblioteca, en caso de ser cierto el relato, claro estáSi quieres recibir cada semana las noticias más interesantes suscríbete a nuestro boletín.


joder puto fanatismo, con toda esa informacion imagino k estuvieramos ahora mismo en marte o titan o quien sabe k cosa..:(