Desde 1946, Corea del Norte ha organizado regularmente representaciones masivas donde miles y miles de bailarines, artistas y niños en edad escolar son llamados a participar para honrar las fiestas nacionales y las onomásticas de los "queridos líderes".
os denominados "juegos de masas" alcanzan su punto cúlmen durante el Festival Arirang en Pyongyang, que se celebra desde el 1 de agosto al 10 de octubre de cada año como parte del los fastos para conmemorar el nacimiento de Kim Il-sung, el fundador del estado norcoreano tal y cómo hoy lo conocemos.
En este festival participan cerca de 100.000 personas entre grandes y pequeños, de los cuales 30.000 escolares se sientan en las gradas de un estadio y empiezan a voltear cartones pintados en un movimiento rápido y sincronizado, para crear un enorme mosaico humano que cuenta la historia de Corea y que sirve como telón de fondo a la actuación de miles de bailarinas, que brincan en el césped siguiendo los acordes de marciales piezas musicales.
El festival se celebra en el estadio Primero de Mayo de Pyongyang, uno de los recintos deportivos más grandes del mundo, y el lugar donde el fotógrafo alemán y director Werner Kranwetvogel ha querido mostrar en detalle la cara que habita tras el cartón de estas grandiosas celebraciones.
Estos mosaicos humanos colectivos fueron desarrollados por los movimientos nacionalistas del siglo XIX para promover la juventud, la fuerza, el militarismo y la unidad; una forma en suma de estimular la dinámica de grupo en lugar de honrar el individualismo.
Fueron espectáculos muy populares en los distintos países comunistas del llamado "Bloque Oriental", pero los de Corea del Norte superan a todos los demás eventos similares jamás realizados.
No sólo son el mayor espectáculo del mundo; con el tiempo se han convertido en un arte tan serio que a menudo los participantes son seleccionados ya a la temprana edad de cinco años y continuarán con su entrenamiento, levantando cartones a tiempo completo, durante el resto de sus vidas.
Cada niño recibe un libro con distintos cartones, con un código de color específico, que hábilmente y de manera rápida deben alternar para cambiar la escena de forma sincronizada. Cada colección de cartones coloreados es única para cada asiento, como un pixel humano, y no pueden usarse en otras ubicaciones.
Así cuando se juntan y se sincronizan crean espectaculares composiciones, instantáneas que este fotógrafo alemán ha conseguido captar e inmortalizar en un libro llamado "A Night in Pyongyang", donde muestra que el principio que rige estas representaciones masivas no es más que el de consolidar las bases políticas de un Estado que busca la plena realización de su indestructible unidad ideológica.
Al fin y al cabo, mediante el uso de miles de personas esta "obra de teatro" se convierte en una "grandiosa ópera", que es representada ante un magno telón de fondo para aumentar el efecto de la imagen hasta dimensiones épicas.
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