En la alta costura, es habitual ver vestidos tan extraordinarios que uno se pregunta quién puede ponérselos; también en materia de gastronomía los diseñadores experimentan novedades más o menos extravagantes, proponiendo chocolate con forma de tacón alto, sándwiches "sonoros" o huevos verdes.
omo ocurre con los muebles, las lámparas o los servicios de mesa, los diseñadores consideran que la gastronomía puede renovarse a través de la presentación creativa de los alimentos. "La cocina es un terreno de juego extraordinario", afirma el chef Marc Bretillot, una de las figuras del "diseño culinario". "Jugar con la comida es esencial para nuestro equilibrio, pelar papas es un retorno a la naturaleza, el acto de comer despierta los cinco sentidos al mismo tiempo", agrega.
Y sin embargo innovar en materia culinaria es peligroso, ya que el hombre asocia desde siempre el acto de comer con la seguridad, por lo que se apega a la tradición. "En la historia de la humanidad, mucha gente ha muerto por probar nuevos alimentos. Hoy tenemos tecnologías científicas que permiten saber si un producto es o no venenoso, pero antes eso se hacía de manera experimental", recuerda el cocinero.
Bretillot creó recientemente una serie de postres que ponen a prueba nuestra resistencia a lo nuevo: chocolate que se chupa en una jeringa, huevo verde relleno de espuma de mango y de zumo de coco, chocolate en forma de supositorio... "Se trata de explorar el mundo culinario, darle la vuelta a los códigos, pero siempre respetando el gusto", dice.
El objetivo no es simplemente sorprender o escandalizar. "La idea no es reinventar el puchero o el budín, sino crear situaciones que permitan a la gente vivir la alimentación de otra manera. Se trata más bien de un diseño de atmósfera", explica el diseñador culinario Edouard Malbois, entrevistado en el marco del Salón Maison et objet de París.
Directivo de la firma Enivrance, Malbois recorre el mundo en busca de nuevos diseños alimentarios que trata de hacer descubrir a los gustos occidentales, entre ellos un bocadillo vegetal inspirado de los nopalitos mexicanos. Otra de sus creaciones, en colaboración con el chef Heston Blumenthal del restaurante británico Fat Duck, es un pan de algas "sonoro" que, al morderlo, produce un ruido de arena y de grito de gaviota.
"Trabajamos pensando en los colores, el deseo, las emociones, en nuevas formas de cortar los alimentos y de comerlos que correspondan a nuestro modo de vida", declara. "Mi mensaje es que no hay fronteras entre las artes decorativas, la decoración y la comida", añade. Fascinado por la costumbre británica y norteamericana de comer caminando, Malbois concibió asimismo minisándwiches, vendidos en tubo por una firma británica de alimentación.
Por su parte, el diseñador Philippe Di Meo se interesa en la dimensión erótica de los alimentos. Di Meo lanzó una serie de productos destinados a la celebración de San Valentín (el día de los enamorados), junto con marcas tan conocidas como Baccarat y Cristofle.
Entre ellos, un tacón alto de tamaño natural de chocolate blanco y mazapán, o un tapón de botella de champaña que permite derramar unas gotas en cualquier lugar, dejando libre curso a la imaginación de los amantes. "La comida y el sexo han avanzado mano a mano desde los tiempos prehistóricos", recalca.
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