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tengo casi 30 años y una vida bastante dura a mis espaldas, llena de adversidades a las que me he tenido que enfrentar en soledad por lo intrascendente que resultaban para los que estaban a mi alrededor mis argumentos y mis inquietudes, además del carácter voluntario de la mayoría de mis penurias.
Incomprendido desde la infancia (la mía nunca fue tierna), incapaz de adoctrinar a mi entorno en la necesidad de acabar con lo que para mi era y sigue siendo la máxima expresión de la alienación humana, un sistema sustentado tan sólo en la confianza que los que lo componen depositan en él y del que todos los hombres podrían desprenderse tan sólo con ignorar los convencionalismos y normas sociales aprendidas. Tan sólo escuchando esa voz interior que algunos psicarios (también psicólogos) del sistema han dado en llamar conciencia, y a la que yo prefiero considerar el instinto social del hombre (y me encantaría que algún psicario me demostrara que esto no es así). Basta de escuchar gilipolleces acerca de los factores productivos, de la lucha de clases, del libre mercado, del sistema de valores o de cualquier otra invención humana elaborada en contra de nuestra propia naturaleza, la cual hemos venido considerando puramente racional, como el tío que se compra un coche con abs y te comenta que se ha comprado un abs que traía un coche incorporado.
Pues bien, tras una ligera reflexión acerca de esto, haciendo gala de esos maravillosos y voluminosos cocientes o coeficientes intelectuales con los que os ha maldecido el guionista de vuestra existencia y que tan infelices os van a hacer, os dareis cuenta de la farsa de vuestra vida y una falta de motivación os invadirá el cuerpo una vez que llegueis a daros cuenta de que os vais a joder para siempre ante la imposibilidad de un cambio que vosostros llegueis a ver.
Después de buscar por el mundo algo que de sentido a vuestra existencia o en el peor de los casos, que desgraciadamente se da con demasiada frecuencia, decidáis escapar hacia delante hasta el culo de drogaína, aquellos que tengais la suerte necesaria y seais lo suficientemente inteligentes para daros cuenta de lo tontos que sois, veréis vuestra debilidad más grande en aquello de lo que ahora os vanagloriais y caereis en la cuenta de que vuestra clarividencia no os lleva más que a una necesidad de autodestrucción originada por la constante sensación de vanalidad e intrascendencia que os originará el estar actuando en una obra de teatro en la que el resto de los actores no se acuerda de que están en medio de una función y disfrutan de las gratificaciones materiales e inmateriales, ambas intrascendentes, que les ofrecen los productores de tan magnífico show. Eres tú, el inteligente, el que descifra lo menos evidente, el que ve las relaciones más sutiles y el que se cuestiona acerca de la existencia y trascendencia de lo que le rodea, eres tú el ejemplar más débil, el que mejor actúa en la función, pero el que menos disfruta con el papel. Eres tú el amargado, en definitiva, el fracasado.
Por favor, a los que sois más jóvenes, que yo yampoco soy demasiado viejo, aprovechad vuestra inteligencia y buscar la manera de además de ser inteligentes, ser listos.