Se sigue investigando en distintas aproximaciones a la energía solar fotovoltaica para que algún día ésta sea rentable y barata.
uchos grupos de investigadores siguen estudiando sobre la
posibilidad de conseguir una energía solar barata. Los logros que
pasamos a relatar a continuación representan sólo una pequeña parte
del esfuerzo realizado en los últimos meses.
Zanjas de energía
Uno de los inconvenientes de las células solares fotovoltaicas
de semiconductores, además de su precio, es el escaso rendimiento
que tienen. Casi toda la energía que incide simplemente se pierde
en forma de calor. Esto se debe a que la zanja de energía que hay
entre la banda de valencia y conducción de un semiconductor es
fija. Si se recibe un fotón con menor energía que esa zanja un
electrón no puede pasar de una banda a otra, no lo absorbe y esa
energía se pierde en forma de calor. Sólo con fotones de energía
igual o superior a esa zanja de energía se consigue movilizar
cargas y, por tanto, producir electricidad. Recordemos que la
energía de un fotón es directamente proporcional a su frecuencia,
por lo que fotones de ciertos colores no producen energía en estas
células al no ser absorbidos por los electrones.
La solución típica a este problema se consigue con células
multicapas en las que se crean un sándwich de varios
semiconductores con distintas zanjas de energía, de este modo si un
fotón no es captado por una capa lo será por otra, absorbiéndose
así fotones de una gran variedad de colores (frecuencias). Con este
sistema se llega a rendimientos muy elevados de más del 40%, pero
el proceso de fabricación hace que estas células sean carísimas,
pues llegan a constar de hasta 18 láminas distintas. La única
posibilidad comercial para este tipo de células es usarlas en
sistemas con concentradores ópticos que complican todo el
sistema.
Wladek Walukiewicz del Lawrence Berkeley National Laboratory
está estudiando una nueva aproximación al problema [1]. La idea es no usar multicapas, sino un
semiconductor aleado que contenga una banda de energía intermedia
situada entre las dos habituales y que permita absorber fotones de
varias gamas de frecuencias a la vez. Lo logra usando aleaciones de
GaNAs
De momento es materia de investigación y no se ha comercializado,
pero quizás sea una solución mucho más barata que las células
multicapas en un futuro próximo.
Plasmones
Quizás sea interesante tratar de mejorar la absorción de la luz
por parte de las células fotovoltaícas, independientemente del tipo
que sean, tal y como lo están haciendo investigadores de la
universidad de Stanford [2]. La idea de Mike McGehee, Yi Cui, Mark
Brongersma y Michael Graetzel es usar plasmones para producir
energía solar de forma barata con células fotovoltaica de lámina
delgada.
Gracias al uso de plasmones se puede absorber luz con láminas muy
delgadas que usen muy poco material. El uso de plasmones se está
investigando mucho en la actualidad por sus aplicaciones en
dieléctricos, telecomunicaciones, computación y
microelectrónica.
Los plasmones no son más que estados excitados, oscilaciones de
plasma, de los electrones de los metales cuando sobre ellos incide
la luz. Se puede decir que un plasmón es una cuasipartícula. Todos
experimentamos un poco lo que son los plasmones todas las mañanas
en el espejo del cuarto de baño. Un espejo no es más que un vidrio
con un recubrimiento metálico por detrás. Cuando la luz incide
sobre esa lámina los electrones del metal reaccionan oscilando y
hacen que los fotones de luz reboten. Cuando la luz ilumina una
estructura metálica nanoestructurada estos electrones difunden la
luz en muchas direcciones. Y es este efecto el que se podría
aplicar a las células solares. La idea es aumentar la complejidad
de estas nanoestructuras para manipular el flujo de luz con gran
control y que el material fotovoltaico absorba así mucha más
luz.
Estos investigadores han estado experimentando con láminas de
oxido de titanio y de hierro para crear unos patrones compuestos
por pequeñas hendiduras periódicas practicadas en ellas. Una capa
de pigmento sensible a la luz rellena esas hendiduras y otra capa
de plata completa el sistema. El aspecto final es un patrón
hexagonal de nanocúpulas. Esta superficie de nanocúpulas capta la
luz de todas las direcciones y la envía al pigmento responsable de
producir electricidad. El tamaño, altura y disposición de estas
cupulitas están pensados para optimizar la plasmónica del
dispositivo.
La luz pasa por la capa de óxido de titanio y parte es transformada
en corriente eléctrica, pero los fotones que se escapan son
devueltos por la capa de cúpulas de plata (gracias a los plasmones)
del otro lado, para que así produzcan electricidad.
Estas células fotovoltaicas no son más que las típicas fabricadas
con pigmentos, células muy baratas, pero de vida corta y bajo
rendimiento. Pueden adoptar todo tipo de formas, y además los
materiales necesarios para su fabricación son baratos, abundantes y
no tóxicos. Este nuevo sistema permite aumentar el rendimiento de
dichas células.
La mejor de las células de pigmentos tiene un rendimiento del 8%,
mientras que las de silicio llegan al 25% (un 40% en sistemas
multicapas). Las células de pigmentos pueden durar unos 7 años bajo
los elementos atmosféricos, mientras que las comerciales pueden
llegar a durar de 20 a 30 años.
Con el nuevo sistema se llega a un rendimiento de células de
pigmento del 15% y aumenta un poco su vida útil. Todavía queda
tiempo para la comercialización de esta idea, al fin y al cabo la
primera célula de pigmento se creó e 1991.
Efecto termoeléctrico
Otra idea puede ser usar el efecto termoeléctrico mediante el
cual se transforma un flujo de calor en corriente eléctrica
directamente (con permiso de la existencia de un foco frío y la de
Termodinámica). Investigadores del Laboratorio Ames han conseguido
mejorar el rendimiento de este tipo de dispositivos en un 25%
[3][4].
El efecto Seebeck, mediante el cual se transforma calor en
electricidad se conoce desde el siglo XIX y ha sido usado en muchos
dispositivos. Así por ejemplo, las sondas que se envían al Sistema
Solar exterior, en donde no casi no hay luz del sol, están
alimentadas por radiosótopos que producen calor y un sistema
termoléctrico que lo aprovecha.
El efecto contrario (o efecto Peltier) permite bombear calor cuando
se aplica una corriente y en la actualidad se usa para refrigerar
microprocesadores.
El problema del efecto Seebeck es que su rendimiento es muy bajo,
pero si se lograra aumentar su rendimiento lo suficiente se podría
usar en automóviles, minicentrales solares o en cualquier foco de
calor o fuente de calor residual.
Los elementos químicos típicos usados hasta ahora en el efecto
Seebeck son el telurio, antimonio, germanio y plata (TAGS). La
situación cambió cuando los expertos del Ames descubrieron en 2010
que el añadido de cerio o iterbio mejoraba considerablemente la
eficacia de estos sistemas. Todavía no saben los mecanismos
mediante el cual este dopado mejora la eficiencia, aunque saben que
estos elementos deforman la red cristalina y que el magnetismo
podría jugar algún papel.
Los elementos de las tierras raras están malditos por tener ese
nombre. Pese a que no son escasos en la corteza terrestre el miedo
a un posible corte en su suministro ha retrasado la investigación y
desarrollo de materiales que los usen.
Fotosíntesis artificial
Una aproximación novedosa sería abandonar los semiconductores y la Física de Estado Sólido, pasarse a compuestos orgánicos e imitar la fotosíntesis de las plantas. Jong Hyun Choi y su equipo de Purdue University ha creado un sistema de fotosíntesis artificial a partir de nanotubos de carbono y ADN [5][6]. Se supone que esta aproximación reduciría el coste de la energía solar en una futura y lejana comercialización.
Las células fotoelectroquímicas convierten la luz del sol en
electricidad pero usan un electrolito para transportar los
electrones y crear corriente. Estas células contienen cromóforos,
que son moléculas orgánicas pigmentarias que absorben la luz del
sol y hacen las veces de la clorofila cuando son expuestas a la
luz, pero esta misma exposición a la luz las degrada. Éste es el
punto débil de esta tecnología.
La nueva idea de este grupo de investigadores soluciona el problema de tener que estar aportando continuamente desde el exterior el pigmento para reemplazar al que se degrada. Básicamente consiste en un proceso de autorreparación que permite a las células producir electricidad continuamente.
En esta tecnología los nanotubos de carbono funcionan como
plataforma donde depositar hebras de ADN. Estas secuencias de ADN
están diseñadas para reconocer específicamente determinadas
moléculas y unirse a ellas. Cuando el ADN reconoce estas moléculas
el sistema automáticamente las ensambla entre sí formando el
cromóforo. Según los cromóforos son degradados pueden ser lavados
con una técnica similar de ADN para así formar nuevos cromóforos, y
así sucesivamente.
Como es difícil y caro usar cromóforos de origen biológico, estos
investigadores están ya investigando ahora el uso de otros de
origen sintético.
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