Una de las estampas más bellas de África puede ser cómo un guepardo alcanza a gran velocidad una gacela en las llanuras del Serengueti. Es una escena en la que un depredador da alcance a su presa, un evento que se ha venido repitiendo con distintas especies animales desde hace más de 500 millones de años.
Estos ojos proporcionaban una visión muy aguda a su poseedor,
que rivaliza o incluso excede la capacidad de muchos artrópodos
actuales, sean insectos o crustáceos. Esta visión excelente apoyaba
la idea que se tenía acerca del estilo de vida depredador de este
animal.
El fósil contiene uno de los ojos más grandes que hayan existido,
con unos 3cm de longitud y 16000 omatidios. Calculan que con la
otra mitad del ojo se doblaría ese número de omatidios. Sólo unos
pocos artrópodos actuales y las libélulas tienen una resolución
similar. La mosca doméstica tiene sólo 3200 omatidios en cada ojo.
Las libélulas, que también son cazadoras, tienen 28.000 en cada
ojo.
Anomalocaris tenía, por tanto, una visión clara que le
permitía cazar con precisión en aguas bien iluminadas de los mares
cámbricos. Para procesar esa información debía tener un cerebro en
consonancia. Esto no es sorprendente, pues hay pruebas moleculares
que indican que las estructuras claves del cerebro humano datan de
hace más de 600 millones de años.
Además, este diseño de ojo apoya la idea de que este animal estaba
emparentado con los artrópodos.
Las implicaciones evolutivas de este hallazgo son interesantes,
pues se sugiere que este tipo de visión apareció y fue
perfeccionado muy pronto, durante la evolución de los artrópodos,
originándose previamente a otras características anatómicas del
grupo, como la presencia de exoesqueleto y patas para andar. Como
este tipo de ojos se habían encontrado en animales con exoesqueleto
se había asumido hasta ahora que estos dos rasgos aparecieron
juntos.
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