Por primera vez en la Historia estamos detectando mundos alrededor de otras estrellas. Quizás dentro de relativamente poco tiempo podamos incluso detectar planetas similares en tamaño a la Tierra. La esperanza es que alguno de ellos esté a una distancia tal de su estrella que caiga dentro de la zona habitable, esto es, la región en la cual el agua puede permanecer en estado líquido, ni demasiado cerca de la estrella (demasiado caliente y el agua se evapora) ni muy demasiado lejos (tan frío como para que se congele).
Los modelos astrofísicos predicen además que cuanto más masiva es la estrella más grande es su zona habitable. Pero según lo que sabemos, las estrellas masivas son menos abundantes y cuanto más masiva es una estrella más corta es su vida al consumir el combustible nuclear más rápidamente. Por encima de un límite incluso explotan como supernovas a los pocos millones de años de haberse formado.
Es muy difícil que a la vida le de tiempo aparecer y evolucionar en
un planeta que orbite alrededor de una estrella demasiado masiva.
Pedir, encima, que aparezca vida inteligente es pedir demasiado en
este caso.
Puede que haya planetas en la zona habitable de una enana roja.
Contarían con la ventaja de que la posible vida que hubiera allí
tendría mucho tiempo para evolucionar. Pero la probabilidad de que
un planeta se forme en una zona habitable tan estrecha y cerca de
la estrella es muy baja.
Por tanto, la probabilidad de que haya vida compleja en un planeta
depende de un compromiso entre la distribución de tipos de
estrellas que hay y la probabilidad de que haya un planeta en la
zona habitable. Hay que distinguir también entre un planeta en la
zona habitable y uno que además pueda llegar a tener vida
inteligente. En nuestro caso se necesitaron 4500 millones de años
para que apareciéramos por aquí.
Estos autores llegan a la conclusión que el equilibrio se alcanza
justo con estrellas como el Sol. Tienen suficiente masa como para
que haya cierta probabilidad de que haya planetas en sus zonas
habitables, pero son lo suficiente longevos como para permitir la
aparición de vida inteligente. Según ellos un 10% de las estrellas
de la Vía Láctea caen dentro de esta categoría, es decir, hay unos
10.000 millones de candidatos.
Según Whitmire este resultado mitiga el argumento, usado
frecuentemente, de que la vida inteligente debe de ser muy escasa.
Esta idea se basa en el principio antrópico y fue introducida por
Brandon Carter. Según Carter hay una coincidencia entre el tiempo
que le llevó a la vida alcanzar la inteligencia sobre la Tierra y
la vida del Sol. Si asumimos que estas dos escalas son
independientes esta coincidencia hace que la vida inteligente sea
muy improbable, ya que la vida necesita en general de más tiempo
que la estrella le puede dar.
Según Whitmire, en su estudio se explica la coincidencia de que el
tiempo de vida del Sol es el que es. El otro argumento en contra
del razonamiento de Carter es que la vida inteligente necesita de
varios miles de millones de años para aparecer, si asumimos que
nuestro caso es el típico, pero esto puede ser proporcionado por
cierto tipo de estrellas.
Lo malo de las estadísticas basadas en un solo caso es que
realmente no sabemos cuánto tiempo se necesita en promedio para
llegar a la vida compleja o a la vida inteligente una vez aparece
la primera célula. Ni siquiera sabemos la probabilidad de que
aparezca la vida una vez tenemos un planeta propicio situado en la
zona habitable.
Otro punto flaco de este estudio es que hasta que tengamos datos
reales sobre planetas en zonas habitables con los que elaborar una
estadística, debemos de conformarnos con modelos de formación
planetaria, que no tienen por qué ser necesariamente
correctos.
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