El conocimiento es fruto de la experiencia social, pero nunca es consciente de todos los acontecimientos simultáneos porque la percepción actúa a modo de barrera. Con la física cuántica, sin embargo, empezamos a entender que la realidad que observamos no tiene fronteras. Sólo existen probabilidades que propician la construcción de nuevas realidades, que se concretan según la voluntad del actor, el cual actúa como "atractor extraño" de dichas posibilidades. Sin embargo, las valoraciones sociales actuales no dejan de responder a la ilusión de que estamos viviendo un progreso lineal. Como consecuencia, se adopta una concepción determinista y trágica del ser humano y de sus funciones sociales. Luego nos sorprendemos de "la desidia y del conformismo existentes". Por Alicia Montesdeoca.
a unidad social no viene dada por
la homogeneización del pensamiento, sino por aquella expresión
colectiva que permite que el conocimiento alcanzado sea fruto de la
experiencia común, en la que cada sujeto es protagonista y aporta,
con sus vivencias, un matiz diferente, con lo que se obtiene una
intensidad mayor del color del producto social logrado.
La pregunta permanente se abre paso a través de las mentes y, en su
desarrollo, trata de buscar explicaciones para comprender y a la
vez explicar. Este proceso, que es colectivo, siempre, en algún
momento, encuentra una forma de salir a la superficie. El vehículo
puede ser un individuo o un grupo. En ambos casos, estarán
vinculados a la realidad que se conceptúan, y que se sintetizan, y,
por lo tanto, son recolectores de los frutos que han sido
cultivados en el campo de la mente social.
El conocimiento es, pues, un producto fruto de la experiencia,
gestada y nutrida por todos, aunque no se tenga conciencia de ello,
porque, aunque lo pretendamos, nunca se es consciente de todos los
acontecimientos simultáneos en los que estamos involucrados. En
este contexto, también, hemos de enunciar aspectos que ayuden a
encontrar una comprensión mayor, para acabar con la percepción
falsa de límites, separaciones, divisiones o fronteras.
Llegar a comprender la verdadera naturaleza del ser humano y de su
entorno supone adentrarnos, a través de la maraña densa que la
historia, interpretada por la ciencia, la filosofía y las
religiones, ha construido sobre aquella.
Ken Wilber, en la introducción a su obra "La conciencia sin
fronteras" dice: "Es como si nuestra percepción habitual
de la realidad no fuera más que una isla insignificante, rodeada
por un vasto océano de conciencia, insospechado y sin cartografiar,
cuyas olas se estrellan continuamente contra los arrecifes que ha
erigido a modo de barreras nuestra percepción cotidiana" .
Fronteras
Este autor parte del principio de que existe una unidad de
conciencia o identidad suprema, la cual constituye la naturaleza y
condición de todos los seres sensibles, pero, paulatinamente, vamos
limitando nuestro mundo y nos apartamos de nuestra verdadera
naturaleza al establecer fronteras.
"Efectuamos, dice, una división artificial en comportamientos
de lo que percibimos: sujeto frente a objeto, vida frente a muerte,
mente y cuerpo, dentro y fuera, razón e instinto, y así recurrimos
a un divorcio causante de que unas experiencias interfieran con
otras y exista un enfrentamiento entre distintos aspectos de la
vida".
La importancia de esta forma bipolar de divisiones que establecen
líneas de conocimiento, "es que siempre tendemos a tratar la
demarcación como si fuera real, y después manipulamos los opuestos
así creados. Aparentemente, jamás cuestionamos la existencia de la
demarcación como tal. Y como creemos que ésta es real, imaginamos
tercamente que los opuestos son irreconciliables, algo que está
para siempre separado y aparte".
Visión cuántica de la sociedad
Con la física cuántica, sin embargo, empezamos a entender que la
realidad que observamos ni está dividida, ni es previsible. El
universo visto desde la física subatómica no tiene fronteras, ni se
puede medir con exactitud cómo va a conducirse.
Así se descubre que, en los comportamientos de un sistema formado a
partir de la construcción de "metademarcaciones", sólo
existen probabilidades, es decir, sólo se pueden ofrecer
conjeturas. Con la enunciación de su principio de incertidumbre,
Heisenberg pone de manifiesto el fin del "marco rígido",
el desplome de las viejas demarcaciones establecidas por la física
clásica. Admitiendo la incertidumbre se admite, también, la
posibilidad de cambio y de construcción de nuevas realidades, se
tiene presente la potencia de la realidad, lo contingente.
Gary Zukav, en La Danza de los Maestros, considerada la mejor obra
divulgativa de la física cuántica, dice: "La mecánica cuántica
nos enseña que nosotros no estamos separados del resto del mundo,
como habíamos creído. La física de las partículas nos enseña que el
resto del mundo no es algo que permanece ocioso allá afuera. Por el
contrario, es un brillante campo de continua creación, de
transformación y, también, de aniquilamiento. Las ideas de la nueva
física pueden dar lugar a que se produzcan experiencias
extraordinarias cuando son captadas en su totalidad".
Si proyectamos filosóficamente las conclusiones de la mecánica
cuántica, podemos afirmar que no sólo influimos en nuestra realidad
sino que, en cierta medida, la creamos. Es decir, podemos afirmar
que materializamos ciertas propiedades en la sociedad porque
elegimos medir esas propiedades.
El famoso físico John Wheeler escribió: "Al universo ¿lo
atrae, de alguna manera, a la existencia la participación de los
participantes?... El acto vital es el acto de participación.
Participador es el nuevo concepto incontrovertible ofrecido por la
mecánica cuántica. Derrota el término observador, de la teoría
clásica, que designa al hombre que está seguro detrás de un grueso
cristal protector y observa lo que ocurre a su alrededor sin
participar en ello. Esto es algo que no puede hacerse en la
mecánica cuántica"
Causa y efecto de la experiencia
Desde estas aportaciones teóricas, podemos precisar, con mejor luz,
que el objeto social, tomado para el análisis, es causa y efecto de
la experiencia individual y colectiva: esta experiencia se va
construyendo con cada acción (entendiendo ésta como acto consciente
e inconsciente; voluntario e inducido; físico y mental). De esta
manera, también podemos percibir que cada presente es una captación
instantánea de todos los presentes, el cual interpretamos con los
recursos cotidianos de nuestro espacio tiempo.
En consecuencia, cualquier comunidad, en cualquier presente, es
producto de los factores que laten en ese instante, con su propia
impronta derivada de los elementos que están interactuando, para la
configuración de esa realidad: económica, política, cultural.
Cada presente está impregnado así de la "información"
necesaria para reproducir, en cualquier instante o en cualquier
condición, el impulso de la vida con sus ciclos. Desde esta
perspectiva, las sociedades se configuran como macro-células de un
gran organismo planetario, sujeto a las mismas leyes de la materia
cósmica que se encuentra en el universo.
Nuevo conocimiento y viejas creencias
Toda esta reflexión nos hace descubrir las contradicciones que
existen entre las ideas que sugieren el nuevo conocimiento y las
creencias que existen sobre lo que conocemos y cómo lo
conocemos.
En primer lugar, el sujeto del conocimiento se siente el
"observador de la realidad". Una realidad que está fuera
de sí mismo y a la que puede conocer objetivamente. Sin embargo,
según señala en su obra "Languages of the brain" el
neurocirujano de Stanford Kart Pribram, ese ser, en apariencia
individual, que se presenta como sujeto porque se siente en ese
instante "el observador", desconoce que su cerebro es un
holograma que interpreta un universo holográfico.
Y es que con la física cuántica aparece también el concepto de
realidad como un todo que no se puede fragmentar para ser
explicado, tal como ocurre con un holograma. También, la realidad
aparece como potencia para la creación, donde se dan,
simultáneamente, infinitas posibilidades de formas de expresión,
que se concretan según la voluntad del actor, el cual actúa como
atractor extraño de dichas posibilidades.
Para la física cuántica, cualquier realidad es posible, pero, según
sea el "observador-participador" sólo se concreta una:
todo es posible y sólo hay una concreción; todo es posible aunque
se concrete sólo una expresión. El potencial cuántico depende de
las interacciones entre las "partículas" del sistema y el
contexto.
Si proyectamos los principios de la mecánica cuántica al escenario
de lo social, podemos concluir que cualquier estructura se sostiene
porque no se cuestiona. Las realidades son alimentadas por la
rigidez de los pensamientos que se adueñan de nuestra capacidad de
conocer, y que, como verdaderas murallas, nos impiden acceder a una
comprensión mayor de aquella realidad última que perseguimos,
incansablemente, los humanos de todos los tiempos.
La comprensión de esto nos lleva a observar la realidad a partir de
su potencia de creación, no sólo de su concreción temporal, y a
mirar, críticamente, la posible arbitrariedad de aquel pensamiento
que se sostiene con afán categorizador, porque limita las
posibilidades de conocimiento, de creación y de cambio, impidiendo
que se despliegue toda aquella otra realidad que no está dentro de
su ángulo de focalización.
El pensamiento social, de espaldas al conocimiento
científico
Por eso, las valoraciones sociales que hoy se hacen y que marcan
profundamente la acción, no dejan de responder a una ilusión: la
ilusión de que estamos viviendo un progreso lineal. Una linealidad
que somete a la sociedad y a sus individuos a la creencia misma en
dicha ilusión y que se retroalimenta con una formación a-crítica,
generadora de conductas individualistas.
Las opciones sociales, nunca fruto de la elección personal sino del
discurso con mayor autoridad y prestigio temporal, no suelen ser
cuestionadas por las ciencias humanas, que se limitan a relatarlas.
Las ciencias humanas, también, quedan atrapadas en ese discurso y
en la ilusión evolucionista (lineal), a pesar de los nuevos
conocimientos sobre la realidad que provienen, fundamentalmente, de
las nuevas ciencias físicas y biológicas.
Las consecuencias prácticas son trascendentales. Tomada "la
realidad social", como un universo aislado, estático, inercial
y previsible, se cae en el análisis de los valores
"imperantes" en bloque. De esta forma no se tiene en
cuenta la coyuntura en la que los valores se producen, dándoseles
categoría de absolutos y pensando siempre que son consecuencia de
un proceso civilizador. Este análisis no considera la importancia
de las creencias en las bondades del modelo imperante, sostén
imprescindible para la existencia de dicho modelo.
Es el precio del desarrollo, se afirma, dando por sentado que las
consecuencias no deseadas son fruto de una ley de compensación
natural contra la que no se puede hacer nada. Una afirmación que se
niega a mirar las distorsiones que se producen a causa de la propia
visión fragmentadora o categorizadora que la caracteriza.
Como consecuencia, se adopta una perspectiva del presente que juzga
el aquí y ahora con una concepción determinista y trágica del ser
humano y de sus funciones sociales. Al sujeto se le supone,
aparentemente por consenso, sin esencia alguna que le sirva de
timón, gobernado por los valores especulativos, sin intereses que
no sean los propuestos por el mercado, sin impulsos de proyección,
sin potencial ni esperanza para construir algo distinto al ideal
que se predica. En definitiva, sin capacidad de reacción.
Agujero negro social
Con esta visión funcional, el sujeto parece quedar atrapado por las
leyes del sistema y engullido por un enorme "agujero
negro" de "no vida". Esta visión abarca,
mecánicamente, al sujeto de todas las culturas, de todos los
estratos sociales, que de esta forma queda convertido en una
abstracción esperpéntica: el ciudadano es un tipo sin alma; una
marioneta sin voluntad, movida por los vientos de la especulación y
el mercantilismo, gobernada por un discurso vacío del que
permanentemente se hacen eco, multiplicando sus efectos, los
llamados "medios de comunicación".
Es como si la "muerte de Dios" por decreto, incluyera la
desaparición del sujeto como expresión de un espíritu con voluntad
creadora. Ese sujeto sin espíritu, sin voluntad, sin sentimientos,
es un ente vacío, robotizado, dirigido con mando a distancia (a
cuanta más distancia de él mejor se le dirige): de ahí a carecer de
responsabilidad en sus actos no hay ni un paso.
Luego nos sorprendemos de "la desidia y del conformismo
existentes", de los niveles que alcanzan los conflictos, de
las características que adoptan las violencias, de la magnitud de
los integrismos, de la masiva aceptación de las políticas
neo-nazis... de los modos suicidas con que nuestros jóvenes
"viven a tope" sus mejores años: cada vez se les
dificulta más el encuentro con la identidad, también las
referencias para alimentarla. Todo ello porque la mirada adolece de
un grado intenso de miopía para ver a lo lejos y en múltiples
direcciones.
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-Se confunde el indetermisno ontológico de la mecánica cuántica, con el indetermismo estocástico o pobrabilísitico de determinados sistemas macroscopicos.
-Adjetivar el término "realidad" con "social" para hacer el ligazón con la visión de la mecánica de John A. Wheeler (La cosmología participativa), parece algo digno del "Affaire Sockal".
-El indetermismo intrínseco de la mecánica cuántica no es la explicación para el libre albedrío y el comportamiento humano.
Ideas aportadas en sedice.com
ORDEN ESPONTÁNEO : SOCIEDADES LIBERTARIAS
Diana Duque Gómez
El erróneo punto de vista darwinista de la supervivencia del más fuerte ha proporcionado una justificación para la explotación de los hombres y una legitimación al sistema patriarcal o dominación del fuerte sobre el débil y al instrumento fundamental de esa dominación el Estado, y se ha convertido en el sistema de creencias generalizado, a pesar de que ha sido refutada por muchos científicos como una “noción de la vida peligrosamente falsa”.
El biólogo celular Bruce Lipton en su revolucionaria obra La biología de la creencia refuta definitivamente el darwinismo y el neodarwinismo y afirma que “los seres humanos no poseemos un carácter innato, violento y competitivo, de la misma manera que nuestro destino no está marcado por unos genes que nos hacen enfermar o nos vuelven violentos”(1). Y agrega que hoy “a un lado de la línea está un mundo definido por el neodarwinismo, que considera la vida como una guerra interminable entre robots bioquímicos de batalla. Al otro lado de la línea se encuentra la ‘nueva biología’ (la Epigenética)*, que propone la vida como un viaje de cooperación entre individuos con infinitas potencialidades que pueden reprogramarse a sí mismos para experimentar una vida llena de alegría”(2).
Ya en 1950, el antropólogo Ashley Montagu llega a la conclusión de que “la naturaleza de la vida es la cooperación”(3). Cabe resaltar que el mismo Darwin después de su famoso libro El origen de las especies (1859) publicó El origen del hombre (1871) donde ponía el énfasis en el principio de cooperación pero el libro pasó desapercibido por el estrépito que hicieron los defensores del patriarcado a quienes les venía como anillo al dedo la teoría de la selección natural o supervivencia del más fuerte.
Como respuesta a la escuela de “la supervivencia del más fuerte” el filósofo científico Pedro Kropotkin escribe ocho artículos, entre 1890 y 1896, en los cuales demostró que “existe en todo el reino de la naturaleza viviente una fuerza inconsciente que se expresa en un mutualismo”. El libro de Koprotkin Ayuda Mutua publicado en 1902 “fue la primera obra del siglo XX que puso en movimiento todas las ideas e investigaciones que para mediados de éste adquirieron forma en el principio de cooperación (...) proporcionando base científica a la cooperación voluntaria y la libertad”(4). Afirma Kropotkin: “la cooperación de los individuos es un factor mucho más importante en la lucha por el mantenimiento de la especie que la tan cacareada filosofía de la lucha de los individuos entre sí por los medios de vida”(5).
Por otra parte, la tradición de pensamiento patriarcal que heredamos y que constituye nuestro sistema de creencias difunde la idea de que este sistema de dominación ha existido siempre al igual que su gran invención el Estado.
Comencemos por decir que hace seis mil años existe la cultura patriarcal y antes de este sistema esclavista existieron sociedades libertarias, fundamentadas en el principio de la cooperación inherente a la naturaleza y en el orden espontáneo donde prevalecía el derecho natural o derecho materno. Al respecto, señala la gran antropóloga Riane Eisler, que la evidencia arqueológica muestra “una sociedad no estratificada y básicamente igualitaria, sin distinciones notorias basadas en la clase o el sexo... ésta era una sociedad matrilineal, es decir, una sociedad en que la descendencia y la herencia se traspasan por medio de la madre”(6). Un ejemplo de estas sociedades libertarias matrilineales floreció en la ciudad de Catal Hüyük, en el Valle de Anatolia y ha sido descrita por el investigador André Van Lysebeth de la siguiente manera: “es una verdadera ciudad de 10.000 habitantes de 9.000 años de antigüedad, la que en 1958 exhumó en Anatolia
ORDEN ESPONTÁNEO : SOCIEDADES LIBERTARIAS
Diana Duque Gómez
El erróneo punto de vista darwinista de la supervivencia del más fuerte ha proporcionado una justificación para la explotación de los hombres y una legitimación al sistema patriarcal o dominación del fuerte sobre el débil y al instrumento fundamental de esa dominación el Estado, y se ha convertido en el sistema de creencias generalizado, a pesar de que ha sido refutada por muchos científicos como una “noción de la vida peligrosamente falsa”.
El biólogo celular Bruce Lipton en su revolucionaria obra La biología de la creencia refuta definitivamente el darwinismo y el neodarwinismo y afirma que “los seres humanos no poseemos un carácter innato, violento y competitivo, de la misma manera que nuestro destino no está marcado por unos genes que nos hacen enfermar o nos vuelven violentos”(1). Y agrega que hoy “a un lado de la línea está un mundo definido por el neodarwinismo, que considera la vida como una guerra interminable entre robots bioquímicos de batalla. Al otro lado de la línea se encuentra la ‘nueva biología’ (la Epigenética)*, que propone la vida como un viaje de cooperación entre individuos con infinitas potencialidades que pueden reprogramarse a sí mismos para experimentar una vida llena de alegría”(2).
Ya en 1950, el antropólogo Ashley Montagu llega a la conclusión de que “la naturaleza de la vida es la cooperación”(3). Cabe resaltar que el mismo Darwin después de su famoso libro El origen de las especies (1859) publicó El origen del hombre (1871) donde ponía el énfasis en el principio de cooperación pero el libro pasó desapercibido por el estrépito que hicieron los defensores del patriarcado a quienes les venía como anillo al dedo la teoría de la selección natural o supervivencia del más fuerte.
Como respuesta a la escuela de “la supervivencia del más fuerte” el filósofo científico Pedro Kropotkin escribe ocho artículos, entre 1890 y 1896, en los cuales demostró que “existe en todo el reino de la naturaleza viviente una fuerza inconsciente que se expresa en un mutualismo”. El libro de Koprotkin Ayuda Mutua publicado en 1902 “fue la primera obra del siglo XX que puso en movimiento todas las ideas e investigaciones que para mediados de éste adquirieron forma en el principio de cooperación (...) proporcionando base científica a la cooperación voluntaria y la libertad”(4). Afirma Kropotkin: “la cooperación de los individuos es un factor mucho más importante en la lucha por el mantenimiento de la especie que la tan cacareada filosofía de la lucha de los individuos entre sí por los medios de vida”(5).
Por otra parte, la tradición de pensamiento patriarcal que heredamos y que constituye nuestro sistema de creencias difunde la idea de que este sistema de dominación ha existido siempre al igual que su gran invención el Estado.
Comencemos por decir que hace seis mil años existe la cultura patriarcal y antes de este sistema esclavista existieron sociedades libertarias, fundamentadas en el principio de la cooperación inherente a la naturaleza y en el orden espontáneo donde prevalecía el derecho natural o derecho materno. Al respecto, señala la gran antropóloga Riane Eisler, que la evidencia arqueológica muestra “una sociedad no estratificada y básicamente igualitaria, sin distinciones notorias basadas en la clase o el sexo... ésta era una sociedad matrilineal, es decir, una sociedad en que la descendencia y la herencia se traspasan por medio de la madre”(6). Un ejemplo de estas sociedades libertarias matrilineales floreció en la ciudad de Catal Hüyük, en el Valle de Anatolia y ha sido descrita por el investigador André Van Lysebeth de la siguiente manera: “es una verdadera ciudad de 10.000 habitantes de 9.000 años de antigüedad, la que en 1958 exhumó en Anatolia el arqueólogo inglés James Mellaart... Catal Hüyük estaba casi intacta... por primera vez se veía cómo vivía en el año de gracia 7.000 A de C. el ciudadano prehistórico, se visitaban sus casas con sus frescos, sus esculturas (...). Con sus casas de ladrillos crudos y techo plano... Sin duda los primeros huertos de almendros, de manzanos y de pistachos ya florecían; se han encontrado sus frutos... No hay calles: se circula de terraza en terraza, y siempre con ayuda de escaleras se pasa de un nivel a otro de la ciudad... Las casas eran antisísmicas... en una pared se ve un fresco de la ciudad y, en el horizonte, el volcán Hasan Dag en erupción. El suelo de la tierra apisonada estaba cubierto de esteras y tapices... Con frecuencia las paredes estaban decoradas con frescos, como el del toro rojo... Además del horno para pan, había un mortero para hacer harina de trigo o sorgo... La carne provenía en primer lugar de la caza (jabalí, ciervo, gamo, corzo, cabra montesa, gacela)... disponían de vajilla, compuesta de fuentes, vasos, platos, cucharas de madera... ¡e incluso tenedores!... La mujer era reverenciada, y según parece muy coqueta: cajas de afeites, espejos de obsidiana pulida, collares y anillos nos lo demuestran”(7). En esta sociedad con un orden espontáneo afirma Erich Fromm, “su modo de vida conducía al desarrollo de la cooperación y a la vida pacífica... No hay pruebas de que hubiera saqueo o matanza alguna en los años de existencia de Catal Hüyük;... y, prueba aún más impresionante de la ausencia de violencia, que entre los muchos centenares de esqueletos desenterrados, ni uno sólo presentaba señales de muerte violenta”(8). En dichas sociedades libertarias afirma la antropóloga Riane Eisler “todo estaba hecho para la vida feliz, apacible y confortable”, con “tecnologías que sustentan y mejoran la calidad de vida”(9). No había diferencias económicas importantes; existían los ricos pero no representaban poder.
Descubrimientos arqueológicos han hallado otras sociedades libertarias que como Catal Hüyük hacen parte de la civilización del Indo que abarcaba desde el Mediterráneo hasta el Asia Menor y la India: son las ciudades de Hacilar, Harappa, Mohenjo-Daro y Lothal; están también la antigua cultura minoica de Creta y la sociedad libertaria celta de Irlanda, entre otras. Con respecto a esta última, la celta de Irlanda, el economista e historiador Murray Rothbard subraya lo siguiente: “El ejemplo histórico más destacable de una sociedad con leyes y tribunales libertarios ha sido ignorado hasta ahora por los historiadores. Y no sólo los tribunales y la ley eran ampliamente libertarios, sino que operaban dentro de una sociedad puramente libertaria y sin Estado. Nos referimos a la antigua Irlanda –que persistió en este camino libertario durante aproximadamente mil años, hasta su brutal conquista por parte de Inglaterra en el siglo XVII... era una sociedad sumamente compleja que, durante siglos, fue la más avanzada, erudita y civilizada de toda Europa occidental. Durante mil años la antigua Irlanda celta no tuvo nada que se pareciera a un Estado”(10).
Por otra parte, ya desde el siglo XIX, investigadores como Federico Engels en su libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado hace referencia a estas sociedades antiguas donde imperaba el derecho materno y concluye de manera esclarecedora que “el derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino (y de las sociedades libertarias. N. de la a.) en todo el mundo”(11),
Así el patriarcado hace posible su dominación con el derecho paterno, con el orden por decreto, donde inicialmente sólo heredaba el primogénito, teniendo como base la familia monogámica que, como señala Engels, “se funda en el predominio del hombre” y cuyo “fin expreso es el de procrear hijos cuya paternidad sea indiscutible”. Agrega Engels que “la monogamia entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como l