Un equipo internacional ha determinado la estructura de la molécula de clorofila de las bacterias verdes. Este resultado quizás permita algún día recrear una fotosíntesis artificial eficiente.
stos científicos han descubierto que las moléculas de clorofila
de las bacterias verdes son muy eficientes captando energía
luminosa. La razón parece ser la orientación de las propias
moléculas.
Las bacterias verdes son un grupo de organismos que viven
generalmente en ambientes pobres en luz, como las regiones oscuras
de fuentes hidrotermales a 100 m de profundidad del mar Negro.
Estas bacterias contiene estructuras denominadas clorosomas que
contienen unas 250.000 moléculas de clorofila.
Donald Bryant, de Penn State, recuerda que la habilidad de capturar
la energía luminosa y suministrarla rápidamente en donde se
necesite es esencial para estas bacterias, algunas de las cuales
sólo ven unos pocos fotones por molécula de clorofila al día.
Los clorosomas de estas bacterias son difíciles de estudiar y han
sido la última clase de complejos captadores de luz cuya estructura
ha sido caracterizada. Saber la estructura de las proteínas (o en
su tiempo la del ADN) no es tampoco sencillo. Para esta tarea se
emplea normalmente la cristalografía de rayos X. Aunque un paso
previo es conseguir que la molécula a estudiar cristalice de tal
modo que muchas moléculas se dispongan de manera ordenada en una
red cristalina. Por tanto, esta técnica sólo funciona si las
moléculas a estudiar son uniformes en tamaño, forma y
estructura.
Cada clorosoma de las bacterias verdes tiene una organización única
y por tanto la técnica de cristalografía de rayos X no puede ser
empleada para caracterizar su estructura interna.
Para solucionar este escollo los investigadores se valieron de
varias técnicas. Una de ellas consistió en crear bacterias
genéticamente modificadas que tuvieran una estructura más
homogénea. También emplearon la microscopía electrónica y
resonancia magnética nuclear. Todo esto les permitió saber incluso
la estructura de los componentes de los clorosomas y tener un
modelo completo de los mismos.
La ingeniería genética que practicaron es interesante porque para la creación del mutante tuvieron que desactivar tres genes que se adquirieron recientemente desde el punto de vista evolutivo. Los investigadores sospechaban que precisamente estos genes son los que proporcionan a las bacterias su mayor capacidad de captar la energía luminosa, por lo que esta ingeniería genética era como ir hacia atrás en el tiempo.
Para poder tomar las imágenes de microscopía electrónica hubo que
enfriar las muestras hasta llegar a temperaturas criogénicas. Así
pudieron ver que las moléculas de clorofila que hay dentro de los
clorosomas tienen forma de nanotubo a la manera de muñecas rusas,
con un tubo concéntrico dentro de otro. Las bacterias mutantes sólo
contenían un conjunto de estos tubos mientras que las normales
contenían varios, cada uno dispuesto en un patrón único.
Finalmente la resonancia magnética nuclear (RMN) reveló que las
moléculas de clorofila venían dadas en forma de dímeros (parejas de
dos moléculas idénticas) con sus colas hidrófobas unidas.
Descubrieron además que las moléculas de clorofila de estos
clorosomas se disponen en forma de hélice (de manera similar al
ADN). En las bacterias mutantes estas moléculas se disponen en un
ángulo de 90 grados en relación al eje del nanotubo siendo este
ángulo menor en las bacterias naturales.
Lo importante parecer ser precisamente la orientación de las
moléculas de clorofila, pues les permite recoger mayor energía
luminosa. Todo esto fue posible a la capacidad de la RMN de situar
espacialmente y con precisión los núcleos atómicos.
Parece contraintuitivo que las bacterias verdes hayan evolucionado
para captar más energía solar desordenando las estructuras del
clorosoma. Según Bryant la gente podría pensar que una estructura
más ordenada funcionaría mejor, pero en este caso claramente no es
verdad. Si todas las moléculas de clorofila fueran idénticas y
estuvieran dispuestas de manera perfecta dentro del clorosoma, la
energía de un fotón incidente, una vez absorbida, estaría dando
vueltas por el sistema demasiado tiempo. En la versión natural la
movilidad de esta energía se restringe y la energía de un fotón
individual visita un número pequeño de moléculas. De este modo la
capacidad de obtener energía allí donde se necesita se incrementa.
La clave está en la velocidad. Los microorganismos tienen sólo un
par de nanosegundos para utilizar en algún lugar la energía captada
antes de que ésta se pierda. Y este problema de la velocidad puede
ser grave para microorganismos como estas bacterias, que viven en
lugares con poca luz, y que sólo reciben unos pocos fotones diarios
por molécula de clorofila.
Bryant dice que este resultado quizás sea útil un día si se
consigue desarrollar un sistema de fotosíntesis artificial que
produzca electricidad a partir de la energía solar. La idea sería
crear estructuras específicas con moléculas de clorofila o análogas
en disolución acuosa para así optimizar la capacidad de absorber
energía luminosa.
Una planta de cultivo normal sólo transforma en azúcares un
porcentaje muy pequeño de la energía solar recibida, de ahí que, a
priori, el uso de biocombustibles no sea tan buena idea como parece
en una primera aproximación. Puede que sea mejor utilizar otro tipo
de seres fotosintéticos. Recientemente se han producido, por
ejemplo, avances con algas unicelulares en este sentido. Quizás
este hallazgo también pueda ser utilizado para la producción de
biocombustibles eficientes a través de una ingeniería genética que
permita crear organismos más apropiados para su producción.
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que sustacia son las que producen las bacterias aparte de o2 y carbohidratos? y cual es la sintesis de estas sustancias?
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