Existe una enorme diferencia entre la realidad tal y como es (implicada), y la realidad tal como la describe cada uno (explicada). El problema son las restricciones y limitaciones de diferentes tipos que tiene el ser humano. Es necesario cambiar el enfoque reduccionista, fragmentario, mecanicista y monodisciplinario por otro sistémico, holístico, complejo y transdisciplinario porque el mundo exterior, el de la vida cotidiana, ese con objetos y partes, no es algo que exista objetivamente ahí afuera y que luego el hombre lo representa en su mente, sino que más bien es algo que se crea en el proceso del conocimiento. En consecuencia, hoy se cuestiona la idea de que la cognición consista en recobrar pasivamente los rasgos extrínsecos del entorno local a través de un proceso de representación. La cognición se entiende en la actualidad como la capacidad de hacer emerger el significado a partir de realimentaciones sucesivas entre el organismo y su medio ambiente próximo (tanto físico como cultural), a partir de una interacción dialéctica entre ambos protagonistas. Por Sergio Moriello de Tendencias Científicas.
l siglo pasado se caracteriza principalmente por el surgimiento de sistemas cada vez más complejos; es decir, compuestos por un número cada vez mayor de elementos y con creciente interactividad. Prueba de ello, es el abrupto crecimiento demográfico, el explosivo desarrollo de las telecomunicaciones y la acelerada tendencia hacia la globalización.
Estos hechos condujeron a revolucionarios cambios dentro de las sociedades humanas, a través de la enorme multiplicación de las interrelaciones entre individuos, entre individuos y grupos, entre individuos y máquinas y entre máquinas (computadoras, facsímiles, servidores, cajeros, etc.). Y trajo aparejado una gran cantidad de situaciones conflictivas y problemáticas, muy difíciles de resolver con los métodos tradicionales [François, 2005-II].
Es que la inteligencia del ser humano no fue diseñada con claridad ni bien ordenada, sino que es el resultado de sucesivos ensayos a lo largo de millones de años. Se trata de una acumulación progresiva de estructuras y sistemas neuronales que se basa sobre las formas vivas que han evolucionado antes que aquél.
En este caso, y como argumentan algunos filósofos, el hombre puede tener restricciones cognitivas: al igual que un perro no puede ni imaginar siquiera la teoría de la relatividad o un chimpancé no es capaz de meditar aunque sea superficialmente sobre el concepto de átomo, al homo sapiens le esté vedada la comprensión de ciertos aspectos de la realidad [Moriello, 2005, p. 227].
Limitaciones y restricciones
Fundamentalmente, la inteligencia humana presenta restricciones en sus tres dimensiones: biológica, ambiental y psicológica [Moriello, 2005, p. 59]. Desde el punto de vista de la dimensión biológica, el cerebro del hombre exhibe limitaciones procedentes de su bioquímica, su genética, su proceso evolutivo y sus canales sensoriales. La cantidad de neuronas depende del volumen cerebral, que a su vez depende del canal de parto femenino, y la velocidad del pulso nervioso es extremadamente lento comparada con la velocidad del pulso lumínico. Del mismo modo, no es muy elevado el grado de complejidad que pueden alcanzar algunos circuitos neuronales, otros ni siquiera pueden construirse.
Por otra parte, la organización de la materia gris depende del proceso filogenético, que determinó la estructura funcional de su sistema nervioso central y su particular arquitectura cerebral y corporal. Así, por ejemplo, la memoria de corto plazo es limitada, lo cual incide en las capacidades de almacenamiento, de aprendizaje, de discriminación y de procesamiento de información [Moriello, 2005, p. 59].
La velocidad de desarrollo cognitivo, en el homo sapiens, se encuentra limitada en las diferentes etapas ontogenéticas, la cantidad de información que puede procesar está restringida y su aprendizaje es increíblemente lento, costoso y difícil. Por último, el hombre tiene escasos receptores sensoriales: no puede percibir de manera directa los rayos X y gama, la radiación infrarroja y ultravioleta, los infra- y ultrasonidos, o las radiaciones nucleares [François, 2005-I], y las estructuras quimiosensoriales (sentidos del olfato y del gusto) son limitadas en cuanto a la discriminación y al alcance.
Desde el punto de vista de la dimensión ambiental, el ser humano ostenta restricciones procedentes de su historia personal, de la cultura a la que pertenece y de la sociedad dentro de la cual está inmerso. Las impresiones y los recuerdos de la infancia, la educación brindada por sus padres y por su comunidad local y las variadas experiencias vivenciadas, tanto en su niñez como en su adolescencia, influencian enormemente las creencias y los supuestos de la persona.
También la cultura y la sociedad condiciona y orienta (y, en cierta medida, gobierna y controla) la manera de pensar, de comportarse y de actuar de un determinado grupo social, dando lugar a las diferentes paradigmas reinantes en determinados momentos de la historia.
Aquí es fundamental el lenguaje, ya que determina la experiencia que tiene el individuo (y su comunidad) del mundo real [Moriello, 2005, p. 59]. Con su estructura lineal de sujeto-predicado, por ejemplo, las lenguas indoeuropeas fuerzan a sus hablantes a pensar en términos lineales de causa y efecto y les impiden en consecuencia pensar en forma paralela y/o en términos de procesos fluidos y/o de causalidad circular (cadenas de causas-efectos que se vuelven sobre sí mismas, que se realimentan) [Riedl, 1983, p. 167]. Las lenguas orientales, en cambio, al disponer de una estructura diferente (justamente debido a que sus hablantes son distintos), son capaces de entender y expresar las ideas no lineales y los eventos multicausales con mayor facilidad [Espinoza Figueroa, 2002].
Limitaciones conceptuales
Por último, y desde el punto de vista de la dimensión psicológica, el hombre manifiesta limitaciones en su forma de pensar. Ésta es lineal, cortoplacista, fragmentaria, reduccionista, parcial, compartimentada y causalista, muy vinculada al espacio tridimensional, al tiempo, a la corporalidad, a las cuestiones individuales y a los hechos locales [Moriello, 2005, p. 60].
Es que el homo sapiens está acostumbrado a tratar con los problemas propios de su experiencia habitual ordinaria; es decir, inmediatos (no a largo plazo), que involucran objetos concretos (no abstractos), de tamaño mediano (ni muy grandes ni muy pequeños), con una velocidad adecuada (ni muy rápidos ni muy lentos), y/o relativamente simples (no muy complejos).
Su mente sólo puede tratar situaciones en donde intervienen pocas variables y que estén relacionadas de forma simple; está muy enfocada a resolver problemas secuenciales, locales y lineales, pero presenta muchas dificultades cuando son paralelos, globales o de causalidad circular. Ningún fenómeno de la realidad tiene una única causa; existen causalidades y relaciones múltiples e interdependientes, totalidades integradas. Cada vez se torna más evidente que todo afecta e interactúa con todo y que cada elemento no sólo se define por lo que es o representa en sí mismo, sino por su red o malla de relaciones mutuas con todos los demás [Riedl, 1983, p. 165/6] [Morin, 1994, p. 100].
Cambio de perspectiva
A fin de entender la realidad de forma adecuada, se necesita un nuevo tipo de pensamiento complejo, a la vez sistémico, holístico, multidimensional y ecológico; más global (menos local), más circular (menos lineal) y más integral (menos parcializado). Que tenga en cuenta el contexto, las interconexiones, las estructuras y los procesos, la dinámica del todo.
Complementario con el viejo, este nuevo pensamiento se focaliza en las interrelaciones (en vez de las separaciones) y en las interdependencias (en vez de las concatenaciones causaefecto). Acentúa la idea de movimiento, de flujo, de proceso en permanente construcción y reconstrucción (en vez de instantáneas de la situación). Es totalizante, abarcativo, relacional, abierto a lo inesperado y a lo imprevisible y se auto-organiza a partir de las nuevas conexiones y relaciones que va descubriendo [Moraes, s/d].
Para Edgar Morin, existen tres principios muy útiles para poder pensar la complejidad [Morin, 2004, p. 105/8] [Solís, 2002]. Sin embargo, están fuertemente entretejidos, íntimamente enlazados, en una compacta unidad sin costuras. No se los puede considerar separados entre sí, ya que se trata de diferentes aspectos del mismo concepto global . Ellos son:
· El principio dialógico , que asocia en una unidad conceptual concurrente y compleja dos términos antagónicos pero, al mismo tiempo, complementarios. Aunque se oponen, son indisociables para explicar la realidad. Por ejemplo: orden y desorden, onda y partícula, individuo y sociedad, lo uno y lo múltiple.
· El principio recursivo , que es un proceso que se constituye, se organiza y se produce a sí mismo. Aquí las causas y los efectos son, a la vez, los efectos y las causas de lo que producen; es decir, se necesitan los productos para la propia producción del proceso (que se repite dentro del sistema en escalas ascendentes y descendentes). Por ejemplo: la interacción entre los individuos produce la sociedad, pero ésta a su vez retroactúa sobre los primeros, condicionándolos y encorsetándolos, aunque confiriéndoles propiedades de las que carecían con anterioridad.
· El principio hologramático , que afirma que no solamente el todo está en cada parte, sino que también la parte está en el todo. La idea trasciende tanto al reduccionismo (que únicamente ve las partes) como al holismo (que únicamente ve el todo). Por ejemplo: cada célula de un organismo contiene toda la información genética de dicho organismo; la cultura está presente en cada individuo que forma parte de ella.
Pero también hay dos teorías básicas, que fueron históricamente previas a los principios mencionados. Se trata de:
· La teoría sistémica , que aporta la comprensión integral de la realidad (el sistema, sus relaciones, su entorno y su transformación), el cambio de enfoque (desde las cosas hacia las relaciones) y el cambio de actitud (desde la búsqueda de la verdad hacia las aproximaciones sucesivas) [Del Caño, 2005].
· La teoría cibernética , que introduce la idea de realimentación, de retroacción (el efecto actúa también sobre su propia causa), los conceptos de regulación y control, y la incorporación del observador (como parte de la realidad observada).
Formas abstraídas
Primero los místicos y ahora algunos científicos han señalado insistentemente que la realidad no puede analizarse en partes aisladas e independientes entre sí. Aunque la división del mundo en un gran número de objetos autónomos ha funcionado como una útil idealización, se la considera falsa si se la analiza en un grado más profundo.
El nivel de realidad manifestado o explicado se genera a partir de otro no manifestado o implicado. Pero esto no significa simplemente que el segundo genera y controla al primero, sino que lo implicado está contenido, impregnado e interpenetrado en lo explicado. Renée Weber lo ejemplifica con una pintoresca metáfora: la nube no puede existir por sí sola fuera del aire, del mismo modo que una gota no puede existir sin todo el océano [Wilber, 1992, p. 91, 102, 112].
En la Naturaleza, no existen en última instancia objetos aislados, independientes y separados. La realidad profunda (el orden implicado) parece, más bien, una subyacente y compleja trama (tejido o red) de interrelaciones dinámicas entre las diversas partes de un todo único.
Lo que se denomina objeto dentro de la realidad superficial (el
orden explicado) no tiene propiedades intrínsecas, sino que es
simplemente una configuración (pauta o patrón) temporaria dentro de
una trama inmensa e inseparable de interrelaciones fluidas. De este
modo, el Universo entero influye en todos los acontecimientos que
ocurren dentro de él. El todo, por lo tanto, determina el
comportamiento de sus partes [Capra y Steindl-Rast, 1993, p. 121,
123, 142, 214] [Capra, 1994, p. 19, 24] [Wheatley, 1994, p. 33,
46].
Una imagen indivisible
Quizás la imagen que mejor representa la realidad es aquella que muestra al todo como un proceso dinámico y flexible, fluyendo en constante movimiento, en transformación perpetua, cambiando permanentemente, pero como un conjunto compacto, indivisible, no fragmentado ni dividido [Bohm, 1988, p. 79]. Nada en él está quieto: el estancamiento y la permanencia son estados transitorios [Wheatley, 1994, p. 142]. Todas las entidades, estructuras, objetos, eventos, acontecimientos, sucesos, etc., aparecen y desaparecen, nacen y mueren, surgen y se desvanecen de ese constante flujo.
Es el ser humano, con sus limitadas capacidades intrínsecas, el que abstrae esas formas (pautas o patrones), les traza fronteras, las separa del continuo y las contempla como objetos aislados. Pero, al hacerlo, efectúa una mera aproximación a la realidad. Es como los remolinos, las olas o las salpicaduras de un río: no tienen existencia independiente como tales, no pueden existir por sí mismos [Bohm, 1988, p. 80/1] [Watts, 1971, p. 87] [Wilber, 1992, p. 268].
Holograma cósmico
El paradigma holográfico establece que, en esencia, el Universo es una especie de holograma dinámico, en el cual todo refleja todo lo demás. En otras palabras, que la esfera explícita sería más parecida a un patrón de interferencias de un campo o dominio multidimensional de vibraciones, frecuencias y potencialidades [Wilber, p. 9, 17, 56].
Dado que el ser humano no puede percibir esta inmensa realidad subyacente en forma directa, necesariamente debe procesar sus percepciones para ajustarlas y hacerlas encajar dentro de un molde, dentro de un paradigma. De este modo, el sistema cerebro-mente humano habitualmente tamiza, filtra, simplifica, constriñe y distorsiona la totalidad, a fin de que pueda ser percibida de manera conveniente [Wilber, p. 39, 93]. Por este motivo, se torna difícil aprehender aquellos fenómenos que se encuentran fuera de la experiencia ordinaria y del sentido común del hombre.
Según este nuevo paradigma, y a través de sofisticados algoritmos matemáticos de transformación, el cerebro-mente construye la realidad superficial (el orden explicado o manifestado) al interpretar vibraciones procedentes de un dominio multidimensional superior.
Los cerebros-mentes individuales pueden asimilarse a porciones de un holograma mucho más vasto, al que tratan de interpretar pero que apenas parcialmente podrían acceder [Wilber, p. 13, 16, 34, 37]. Es por eso que se percibe de acuerdo con la estructura del perceptor; es la persona la que moldea o da forma al objeto percibido según sus propias características intrínsecas. En síntesis, es el ser humano en su finitud y pequeñez el que divide y separa; tal división sólo está en su cerebro-mente: no es posible separar el pez del agua sin matarlo; el sistema agua-pez forman una unidad indisoluble.
Algunos cuestionamientos
El mundo exterior, el de la vida cotidiana, ese con objetos y partes, no es algo que exista objetivamente ahí afuera y que luego el hombre lo representa en su mente, sino que más bien es algo que se crea en el proceso del conocimiento [Capra y Steindl-Rast, 1993, p. 173]. Hoy se cuestiona la idea de que la cognición consista en recobrar pasivamente los rasgos extrínsecos del entorno local a través de un proceso de representación.
La cognición denota en la actualidad al fenómeno de hacer emerger el significado a partir de realimentaciones sucesivas entre el organismo y su medio ambiente próximo (tanto físico como cultural); surge a partir de una interacción dialéctica entre ambos protagonistas. El conocimiento depende, entonces, de las experiencias vividas que, a su vez, modifica las propias percepciones y creencias [Varela, Thompson y Rosch, 1997, p. 203] [Bateson, 1998, p. 7].
También se cuestiona la hipótesis de que el entorno local existe de antemano, está fijado y terminado. El medio ambiente próximo se considera hoy como un trasfondo para la experiencia del organismo y que se modela continuamente a través de los actos que aquel efectúa [Varela, Thompson y Rosch, 1997, p. 166, 168, 173].
El entorno próximo de los seres vivos, su área de influencia, su contexto, está constituido por las condiciones reducidas que le son relevantes (recortadas del continuo) y está determinado por sus actividades [Lewontin, 2000, p. 51] [Bertalanffy, 1995, p. 240].
En otras palabras, los organismos no se adaptan a un nicho exterior autónomo, sino que lo construyen a través de sus propias actividades. En consecuencia, los organismos vivos y el ecosistema habitado por ellos se encuentran en un estado de fluidez, en donde ambos se modifican y reconstruyen continuamente al interactuar entre sí, acoplándose estructuralmente de forma mutua y recíproca.
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