Un nuevo libro escrito por un eminente científico francés retoma el discurso apocalíptico y señala los horrores que se avecinan a nuestro mundo en el siglo XXI, al que llama la "máquina infernal" que estamos legando a las generaciones futuras. Una conjunción peligrosa nos acecha: los conflictos, las penurias y las enfermedades. El problema radica en que la rapidez de estos procesos dificulta la aplicación de soluciones, desde nuevos medicamentos hasta nuevas reglas sociales, mientras no se puede huir de esta realidad porque no hay sitio donde ir: todo está contaminado por la crisis. Por Eduardo Martínez de Tendencias Científicas.
Jacques Blamont es astrofísico, miembro de la Academia de las Ciencias de Francia, consejero del presidente del Centro Nacional de Estudios Espaciales (CNES) y profesor emérito de la Universidad Pierre et Marie Curie.
Ha sido uno de los protagonistas de los programas espaciales
franceses y ha colaborado estrechamente con la NASA, el Laboratorio
de Propulsión a Chorro (JPL) del Instituto Tecnológico de
California, y con los centros espaciales de la antigua URSS.
Ahora ha publicado un libro, Introducción al siglo
de las amenazas en el que, parodiando a Nietzsche,
quien había predicho un siglo XX sacudido por grandes guerras,
señala los horrores que se avecinan a nuestro mundo en el siglo
XXI, al que llama la máquina infernal que estamos legando a las
generaciones futuras.
Identifica las tres amenazas que pesan sobre nuestro siglo: los
conflictos armados, en la perspectiva del recurso inevitable a las
armas de destrucción masiva, la expansión de las epidemias,
favorecida por la mundialización, y el agotamiento de los recursos
naturales, consecuencia del pillaje y la sobrepoblación del
planeta. Y se pregunta: ¿no es suficiente para provocar una
deflagración inédita en la historia humana?
Escenario bélico
En el escenario bélico, Blamont se plantea no sólo la redefinición
del modelo de la guerra que aporta la experiencia de Irak (sin
frente definido, contra enemigos no identificados y redes
terroristas organizadas), sino que evoca también otras
posibilidades no menos dantescas.
Se refiere a las guerras de mañana entre los países ricos y pobres
(donde unos tienen una renta de 50 dólares por día y otros de 1
dólar por día), que derivan en potencias tecnológicas enfrentadas a
armas artesanales, en conflictos quirúrgicos contra armas más o
menos limpias (atómicas de nueva generación, químicas,
bacteriológicas, informáticas).
Y escribe al respecto: Si el enfrentamiento entre ricos y pobres,
como el de Caín y Abel, se remonta a la noche de los tiempos, hoy
toma un aspecto más destructivo con la creación de la ciudad global
por efecto de la tecnología. El asombroso progreso de los medios de
comunicación de los últimos treinta años ha permitido la formación
de unas redes múltiples que se han convertido en la nueva arma de
los más desfavorecidos, que llevan su combate al ciberespacio y
adquieren un poder formidable. Frente a sus ataques, los países
ricos sólo ofrecen una respuesta militar que se inscribe en el
empobrecimiento universal del pensamiento político y en la
creciente obsolescencia de las estructuras de seguridad
colectiva.
Blamont se refiere explícitamente al riesgo de conflictos armados
entre Estados, alimentados por la política hegemónica de Estados
Unidos y que podrán provocar guerras catastróficas, como sería el
caso entre India y Pakistán, sin que ello excluya otros posibles
escenarios.
Las pandemias acechan
Por si no fuera suficiente, las epidemias, de las que se han
producido ya algunos casos precursores, pueden diezmar a la
población humana. Estas pandemias serían provocadas por la
industria humana (manipulaciones genéticas incontroladas) y por la
mutación de los virus, que se extenderían por todos los países al
amparo de la mundialización y de la libre circulación de
personas.
El tercer ingrediente del Apocalipsis es la amenaza de asfixia que
pesa sobre las sociedades humanas por efecto de la contaminación,
la sobrepoblación, el agotamiento de las riquezas naturales y el
pillaje sobre el recursos.
Nada ha sido olvidado en este ensayo, que lejos de deslizarse por
la pendiente del discurso fácil, se presenta con solidez
argumental, abundantes cuadros y proyecciones que constituyen una
nueva llamada de atención sobre el polvorín en el que nuestra
civilización se ha asentado, casi sin darse cuenta.
En una entrevista
concedida al boletín del Centro Nacional de Investigación Cienfíca
de Francia (CNRS), Blamont señala que los conflictos no son la
amenaza principal. Considera que las advertencias señaladas por el
Club de Roma en 1972 sobre los límites del crecimiento, han sido
ridiculizadas y olvidadas.
Añade que es imposible que todo el mundo tenga el mismo nivel de
vida de los países desarrollados y que esta constatación convierte
en una quimera el discurso del desarrollo sostenible.
A la amenaza que pesa sobre la explotación de los recursos hay que
añadir el riesgo de epidemias que, al igual que la del sida,
emergen como una consecuencia directa de los comportamientos
humanos en una sociedad globalizada.
Conjunción peligrosa
El mayor peligro reside en la eventualidad de una conjunción de los
tres peligros: los conflictos, las penurias y las enfermedades.
Esta sería la singularidad de nuestro siglo, la cual revela que la
sociedad no puede continuar por este camino, con curvas
exponenciales de consumo, población y desastres sociales.
El problema radica en que la rapidez de estos procesos dificulta la
concepción y aplicación de soluciones, desde nuevos medicamentos
hasta nuevas reglas sociales, mientras está claro que no se puede
huir de esta realidad porque no hay sitio donde ir: todo está
contaminado por la crisis.
En la parte final del libro, Blamont adopta la posición de un
médico que revela a un paciente que le quedan tres meses de vida
para advertir que el mundo, tal como está actualmente, sólo tiene
años de vida.
Un discurso que puede parecer catastrofista pero que no deja de ser
representativo del pensamiento de un nutrido grupo de científicos
que han retomado la bandera levantada en los años setenta por el
Club de Roma, y continuada luego por otras instituciones como el
Worldwatch Institute, para señalar que los problemas evocados
entonces se han agravado aún más y que los plazos para reaccionar
prácticamente ya se han agotado. Algunos, como Jean-Claude
Guillebaud, han hablado incluso de la refundación del
mundo.
Más visiones
A la crisis global se refería también el año pasado Martin Rees,
Royal Society Professor en la Universidad de Cambridge y premio en
2001 de Cosmología de la Fundación Peter Gruber, en su libro
Our final
Hour.
Para Rees, estamos ciertamente en las horas finales porque en los
próximos 50 años vamos a correr los mayores riesgos de la historia
de la especie. Los riesgos que evoca son diferentes a los de
Blamont: diseminación de armas nucleares y productos de
bio-ingeniería, aparición de nano organismos capaces de
autoreplicarse, tal como hacen los virus informáticos.
Rees teme además que las máquinas pensantes y conscientes que en
las próximas décadas aparecerán en la vida de las personas,
terminen siendo autónomas y escapen al control humano. Asimismo,
destaca como peligros el consumismo de nuestras sociedades, la
destrucción de la biodiversidad y los desequilibrios
climáticos.
Argumentos para el desaliento no faltan, pero no debemos confundir
prospectiva con profecía. Nadie desde el mundo científico habla de
acertar o equivocarse respecto a sus previsiones. Sólo intentan
ayudarnos a tomar conciencia de la realidad que vivimos porque
siempre somos los artífices de nuestro destino.
Además, tal como nos ha enseñado Einstein, la relatividad podemos
aplicarla también a los peores escenarios y asumir en consecuencia
que las más sólidas proyecciones, ya sean óptimas o fatídicas, nos
trascienden por su complejidad, dejando así un espacio para la
reflexión y la acción.
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"Ahora ha publicado un libro, "Introducción al siglo de las amenazas" en el que, parodiando a Nietzsche, quien había predicho un siglo XX..."
¿parodiando? joder, sabrá mucho de lo jodido que está todo, pero de escribir no tiene ni la más remota idea... quizás "emulando" o, si el tema incluye una estructura similar a la expuesta por Nietzsche, "parafraseando", pero nunca parodiando... a no ser que toda la noticia sea una broma, claro...
Esto ya lo decía Malthus en el XVIII y, aunque en otro sentido, totalmente distinto del que se quiere dar aquí, Nietzsche en el XIX. Mal que bien, aún estamos vivos por aquí...
Qué ignorantes son algunos y además alardean de ello. Según la Real Academia, parodiar significa también imitar, que entiendo que es lo que ha pretendido el autor al referirse a Nietzsche.
v a y a n s e t o d o s a c a g a r
YA
Pues que se pegue un tiro el franchute ese y nos deje tranquilos a los demás.