Para los astrónomos, Orión es seguramente una de las constelaciones más importantes, ya que contiene una de las más cercanas y activas maternidades estelares de la Vía Láctea, nuestra galaxia hogar.
quí se han formado en los últimos diez millones de años varias decenas de miles de nuevas estrellas. Este es un lapso muy corto astronómicamente hablando. En comparación, nuestro Sol tiene ahora 4.600 millones de años de edad y no ha alcanzado todavía la mitad de su vida. Reducido a una escala temporal humana, la formación estelar de Orión habría estado en proceso por apenas un mes, comparado con un Sol de 40 años.
Justo debajo del cinturón del gigante, el mango de su espada ostenta una de las grandes joyas del cielo, la Nebulosa de Orión.
Lo suficientemente brillante como para ser vista a simple vista, esta nebulosa es un complejo de gas y polvo de algunas decenas de años luz de diámetro, iluminada por varias estrellas masivas y calientes que se encuentran en su centro.
Allí, en el corazón de la nebulosa, se esconde también un millar de estrellas muy jóvenes (de aproximadamente un millón de años de edad) que forman el así llamado Cúmulo del Trapecio. Estas estrellas se encuentran apiñadas en una distancia menor a la que separa al Sol de sus estrellas vecinas más cercanas.
Es muy difícil observar al cúmulo en la luz visible, pero se lo ve claramente en la espectacular imagen que encabeza este artículo, tomada en diciembre de 1999 por Mark McCaughrean del Instituto de Astrofísica de Postdam, Alemania, y sus colaboradores, utilizando el instrumento multi-modo ISAAC del Telescopio Muy Grande (VTL = Very Large Telescope) de ESO en Paranal, Chile.
Son evidentes las explosiones y los poderosos vientos procedentes de las estrellas más masivas de la región, así como los contornos del gas esculpidos por estas estrellas, y algunos chorros de gas enfocados más finamente que fluyen de las estrellas más pequeñas.
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