Nueva columna de Steven Novella desde New Haven, sede de la prestigiosa Universidad de Yale. En esta ocasión el neurólogo, conocido por su escepticismo militante, arremete contra el uso indiscriminado que el marketing hace del término "natural". Por Steven Novella, publicado en Astroseti.
ace poco, de compras en un mercado, me percaté de que el pollo que estaba comprando estaba limpiamente envuelto en un plástico adornado con una etiqueta que me informaba de que el pollo era completamente natural, y que no contenía ingredientes artificiales.
Me alegró saber que no estaba comprando un pollo artificial. Hay muchas posibilidades de que su botiquín, nevera, baño y las estanterías de su despensa estén repletas de productos cuyas etiquetas aseguren que son completamente naturales y libres de cualquier cosa artificial. Los expertos en marketing hacen lo imposible para asegurarse de que sus estrategias reflejan las actitudes de sus clientes, y desde el punto de vista comercial: natural=bueno, artificial=malo.
Pero como sucede en la mayoría de las campañas de marketing,
esta imagen tiene muy poco de real, y un cliente inteligente
debería ser lo suficientemente sensato como para adoptar una
actitud escéptica ante cualquiera de estas afirmaciones. Como la
mayoría de las estratagemas comerciales de éxito indican, la
mitología de lo natural refleja algo que va más allá de la
psicología humana.
Los humanos están dotados de la emoción de disgusto, una adaptación
evolutiva que nos lleva a evitar sustancias tóxicas y todo aquello
con apariencia de putrefacto o contaminado. Esta emoción primitiva
encuentra manifestaciones específicas en cada cultura particular.
Los norteamericanos, por ejemplo, estamos obsesionados con la
higiene. Nos gusta que nuestra comida venga al vacío, sellada en
plásticos trasparentes. Y, además, también nos gusta que nuestros
productos vengan ungidos con la virtud de lo natural. Estamos
programados para reaccionar a la ingesta de cualquier cosa
artificial como si fuera aceite de motor.
Saquemos a la luz lo que se esconde tras esta técnica comercial.
Primero, la palabra natural, tal y como se emplea en marketing,
no tiene una definición clara. Podría emplearse para dar a entender
que el producto ha sido cultivado en lugar de manufacturado, o que
ha sido manufacturado pero a partir de materias primas de origen
natural. Existe también una línea difusa entre cultivado y
hecho. ¿Qué porción del trayecto puede atravesar una sustancia
cultivada sin perder la etiqueta de natural? ¿Qué ocurre si una
manzana se divide en sus partes constituyentes? ¿Qué pasa si se
mezcla con otras sustancias o se altera levemente? Una compañía
llegó incluso al absurdo extremo de afirmar que sus productos eran
naturales porque los átomos y elementos que los componían se
encontraban en la naturaleza. Usando una definición tan burda, el
plástico es natural.
Pero aún si empleásemos una definición más razonable de natural
¿por qué deberíamos preocuparnos? La implicación del marketing hace
que los productos naturales sean mágicamente seguros y no tóxicos.
Pero no hay razón para asumir que una sustancia natural no sea
dañina para los humanos, de hecho la mayoría lo son. Arsénico,
alcaloides, venenos y otros incontables productos de origen vegetal
y animal son toxinas mortales. No les recomendaría ir al patio
trasero a comer cualquier planta que encontrasen al azar, salvo que
quisieran enfermar. La naturaleza no se preocupa por los
humanos.
Recientemente, el término natural además de significar seguro,
ha llegado a implicar también medicinalmente efectivo. Las leyes
en EE.UU. (en concreto el Acta de 1994 para Suplementos Dietéticos,
Salud y Educación) son tales, que la simple etiqueta natural
permite que una compañía pueda realizar amplias afirmaciones sobre
su producto sin la molesta carga de la realización de
investigaciones y sin tener que probar evidencia alguna. Ni si
quiera tienen que demostrar que cumple las normas básicas de
seguridad.
En justicia, algunas sustancias naturales cuentan con una ventaja,
a saber: muchas de estas sustancias llevan largo tiempo entre
nosotros. Por ello, los humanos contamos con una amplia experiencia
con ellas, de modo que nos hacemos una buena idea del grado de
seguridad que poseen (aunque esto no implica necesariamente una
garantía de seguridad). Por otro lado, las sustancias inventadas
recientemente son desconocidas. Por ello, es cierto que somos más
cautelosos cuando nos enfrentamos a dichas sustancias, por lo que
las sometemos a cuidadosas investigaciones antes de permitir que
lleguen al medio ambiente o a nuestras despensas. De hecho, a lo
largo del siglo pasado, se dieron un cierto número de percances
relacionados con nuevas sustancias, tales como la infame
talidomida, un fármaco contra las nauseas recetado a mujeres
embarazadas en Europa que provocaba deformaciones en los recién
nacidos; la popularidad actual de los productos naturales se da en
parte como reacción violenta a estas experiencias. Pero asumir que
la prudencia ante lo natural y las sustancias familiares no es
necesaria es un error. Cualquier cosa, en dosis suficientemente
altas, es una toxina. Las vitaminas pueden matarle, y a dosis que
es posible consumir accidentalmente. Por tanto es un grave error
asumir que todas las afirmaciones sanitarias que hacen los
fabricantes del producto sean ciertas.
Para finalizar el análisis, el término natural, cuando se aplica
a productos, no debería implicar nada para usted, salvo que el
encargado del producto le está calmando a través de una atractiva
etiqueta. Debería usted saber qué es verdaderamente lo que compra
(especialmente si se trata de la comida que usted ingiere y de las
píldoras que toma) y qué evidencias científicas fiables aporta el
fabricante sobre la seguridad del producto, así como la veracidad
de las afirmaciones realizadas sobre él. Nuestras leyes deberían
reflejar este enfoque racional. Deberíamos abandonar la falsa
dicotomía entre natural y artificial como sustituto del aporte
de evidencias y del análisis cuidadoso.
Aún así, no puedo evitar sentirme feliz por no haber comprado jamás
pollos artificiales.
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Nada, no se menciona el nombre del autor de la traducción. Por cierto, se llama Miguel Artime y tiene un acuerdo de colaboración con el doctor Steven Novella para traducir su columna mensual en el New Haven Advocate... Probablemente eso a vosotros no os interese lo más mínimo claro, por eso mismo probablemente estos atropellos diarios tendrán que solucionarse en los tribunales. Ni siquiera colocais el enlace directo al artículo, sino a la home de Astroseti. Denigrante.