Finalmente, lo cerraron. Webmonkey, el sitio que convirtió a un grupo de humildes desarrolladores web en escritores que captaron la atención del público, informó la semana pasada que bajaría la cortina después de una serie de despidos en la división estadounidense de sus empresa matriz, Terra Lycos (que es también la empresa matriz de Wired News). A juzgar por los posts publicados en diferentes blogs y los emails, los seguidores del sitio no se sorprendieron. No obstante, sienten tristeza al ver llegar el fin de una era.
naugurado en agosto de 1996 como parte de una colección de sitios web que se ampliaba rápidamente y era financiada por los propietarios originales de la revista Wired, Webmonkey se convirtió de inmediato en un éxito inesperado. La mayoría de los sitios web de Wired destilaban el ciberoptimismo y los conocimientos expertos que caracterizaban a la revista. Pero resultó que a los lectores online no les interesaba. Lo que en realidad querían saber era cómo construir esa interfaz Java que utilizaba el sitio.
Y ahí apareció Webmonkey: una serie de tutoriales y columnas de opinión técnica escritos por personas que no eran escritores profesionales sino los geeks que se dedicaban a desarrollar los sitios web de Wired. Y lo más importante: los editores del sitio decidieron abandonar el tono parco, propio de quien dicta cátedra, de otras publicaciones tecnológicas en favor de un enfoque más burlón y divertido, típico del lenguaje que utilizan quienes se dedican a la Web para hablar entre sí. La fundadora June Cohen describió la voz de Webmonkey como la de ese "amigo inteligente y fresco que uno desearía tener".
En lugar de documentar protocolos de software para un público integrado por ingenieros, Webmonkey ofreció consejos informales dirigidos a webmasters autodidactas. Un programador abrazó el periodismo de riesgo y ofreció escribir lo que fuera -un servidor para chat, un motor de búsqueda- en cuatro líneas de código. Otro publicó un archivo de audio con un aullido que perforaba los oídos para mostrar el sufrimiento que le causaban las etiquetas HTML que no se portaban como corresponde.
Escritores deseosos de colaborar trabajaron en forma gratuita, y escribieron sus columnas y artículos fuera del horario de trabajo, al menos en teoría. Para completar este cuadro, se publicaron imágenes modificadas con Photoshop de los colaboradores, así como biografías sarcásticas ("Luke Knowland no es tan mala persona como parece"), a diferencia de las líneas anónimas y las fotografías impecables típicas de otros sitios web dedicados a la tecnología.
El resultado fue una especie de Almost Famous para los luchadores olvidados del código, que llenaban las trincheras de las puntocoms y poblaban la Web con sus sitios caseros. Webmonkey era una caja de regalo con todo lo que las publicaciones más profesionales no les daban: un pase para ingresar al backstage del epicentro en que se marcaban las tendencias que seguirían las puntocom, un reflector para los talentos ocultos, y la posibilidad de expresar una opinión personal.
La respuesta superó incluso las expectativas más alocadas de la era de las puntocom: las vistas de página aumentaron a cientos de miles por día, un tráfico mucho mayor que el de los otros sitios de Wired poblados de especialistas. Millones acudieron para leer el tutorial de Javascript de Dave Thau. Los anunciantes compraban cada banner disponible, convirtiendo a Webmonkey en uno de los pocos sitios que daba ganancias, según Kristin Windbigler, una ex redactora del sitio.
Las editoriales y las revistas de distribución nacional se abalanzaron para ofrecerles contratos a Thau y a otros autores novatos. En congresos y jornadas, se invitaba a los autores de Webmonkey para dictar conferencias.
Sin embargo, todo terminó abruptamente. Cuando los ingresos por publicidad se evaporaron con la caída de las puntocom a principios de 2000, Webmonkey redujo su personal de diez a tres personas. Quienes habían integrado el plantel original y todavía seguían formando parte del sitio renunciaron, en la mayoría de los casos a causa de la frustración que les provocaba la falta de recursos. El sitio languideció algunos años más. Pero sus seguidores comprendieron que con el tiempo el sitio estaba destinado a desaparecer.
¿Qué queda? Muchas de las columnas originales de Webmonkey se han perdido, o quedaron ocultas en los numerosos reordenamientos del contenido que tuvieron lugar con el correr de los años. Pero los emails que intercambiaron el jueves los fanáticos acongojados siguen trayendo a la memoria a los clásicos, como la guía para frames de navegador.
"Para empezar, los frames me provocaban ataques", escribió Elaine Nelson, una administradora web del Pierce College de Washington. "La analogía trazada por Webmonkey con un plato con divisiones me ayudó a comprender el concepto".
Otro mensaje alababa el tono inteligente e informal del sitio:
"Ese sitio me mantuvo despierto mientras aprendía los trucos del oficio".
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Me da mucha pena :(